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| Ilustración extraída de la obra de Jan Jonston: Historiae naturalis de quadrupedibus libri, cum aeneis figuris, Johannes Jonstonus,... concinnavit. 1657.
Continuando con la explicación sobre la visión emblemática de la naturaleza, en esta entrada toca hablar de su fin. Tradicionalmente se considera la obra del naturalista polaco Jan Jonston (Joannes Jonstonus) como un punto de inflexión en la tradición emblemática. Su Historia Naturalis contaba con todas la ilustraciones de la tradición aldrovandina, sin embargo, el texto que las acompañaba se alejaba mucho de las historias naturales anteriores como las de Gessner o Aldrovandi. Si bien, como dijimos, Gessner le dedicaba 8 páginas al pavo y Aldrovandi 30, Jonston le dedicaría únicamente 2. Su descripción prescindía de los emblemas, los proverbios, la mitología, o los jeroglíficos y se limitaba a describir al animal y a hablar de sus propiedades médicas y culinarias. Jonston, por tanto, rompe con la tradición renacentista que hasta ahora había marcado la producción de historia natural. Se produce lo que se llamada "desencantamiento" o "desimbolización".
Pero ¿Que ha ocurrido para que se produzca este cambio? Asworth habla de tres posibles motivos. El primero de ello es el "encontronazo" con la naturaleza del Nuevo Mundo. En las primeras décadas del siglo XVII aparecen las primeras historias naturales del Nuevo Mundo y, generalmente, se les suele considerar como hijas de la tradición baconiana, es decir, productos de la observación o de la experiencia de aquellos que habían viajado al continente americano. ¡Ojo! Esto no quiere decir que los que las escribieron habían viajado al Nuevo Mundo, sino que basaban sus relatos en historias leídas u oídas de quien si había viajado, esto llevó en muchas ocasiones a procesos de cotejo entre las historias y también entre los objetos traídos del Nuevo Mundo, un buen ejemplo de ello fue toda la polémica creada en torno a sí el ave del paraíso tenía o no tenía patas. Pero sí que es cierto, que estas historias naturales carecían de la tradición emblemática pero no porque hubiera un repentino interés por hacer las historias naturales basadas específicamente en la observación sino porque los animales, la naturaleza en general, den Nuevo Mundo carecía de similitudes, es decir, ningún autor griego había visto a un oso hormiguero o al armadillo. Por lo que las descripciones de estos nuevos espécimenes debían basarse únicamente en lo poco que se sabía o se podía saber: su apariencia física, su hábitat, alimentación, etc.
No todos los autores están de acuerdo con que el Nuevo Mundo cortara o supusiera una ruptura con la tradición emblemática tal y como señala Asworth. Peter Mason en Before Disenchatmen (podéis ver una reseña interesante de esta obra en el siguiente enlace; http://animaliahispanica.blogspot.com.es/2013/07/peter-mason-before-disenchantment-2009.html) rechaza la teoría de Asworth y admite que en las descripciones de la naturaleza del Nuevo Mundo, sobre todo en las descripciones visuales, se seguía manteniendo cierta visión emblemática, cierta mitología y usa como ejemplo varios espécimenes quedando muy claro sobre todo en la descripción del perezoso. Para Mason, la descripción que se hace el perezoso apenas cambia en un siglo y su imagen, reproducía apenas sin cambios a lo largo de los años, seguía siendo muy mitológica y muy poco realista. Coincide en cierta manera con esta idea Brian Ogilvie, para el la Historia Natural exótica supuso un retroceso o una vuelta atrás en el avance de la historia natural ya que los naturalistas, al no poder observar "lo exótico" más de cerca, debían recurrir a métodos de cotejo y comparación. Según Ogilvie, los propios naturalistas admitían que este método era inferior a la observación pura, pero que estaban a favor de usar cualquier método que les pudiera ayudar a catalogar la naturaleza de la forma más exhaustiva posible.
El segundo motivo que influyó en la quiebra de la tradición emblemática fue la obra de Thomas Browne Pseudoxia Epidemica en 1646 (Título en español; Sobre errores vulgares) que intentaba purgar a las historias naturales de los errores más comunes cometidos y que eran considerados como verdades. El autor se preguntaba si muchas de las historias tales como la que contaba que el Camaleón vivía del aire, eran verdades y si podían ser demostradas. Apelando a los criterios de la razón, experimentación y autoridad evalúa muchas de ellas.
Y, por último, el tercer motivo fue la influencia baconiana. Francis Bacon, a pesar de no haber escrito nunca una historia natural, sí que tenía claro cómo hacerla y pensaba que hasta las ahora publicadas era insatisfactorias pues no mostraban la naturaleza como Dios las había creado, sino como lo había hecho el hombre. Rechazó la tradición emblematica rechazando la idea de que la naturaleza fuera compuesta por una serie de códigos. Aún así Bacon no fue la mayor influencia para la ruptura de esta tradición ya que el desmatelamiento fue anteror e independiente al baconismo.
Para la bibliografía ver la primera parte.
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| Ternera de dos cabezas. Imagen extraída de la obra de Juan Bautista Bru de Ramón: Colección de láminas que representan a los animales y monstruos de Real Gabinete de Historia Natural, 1784-1786.
Leí hace algunos meses, en la obra de Helen Cowie Conquerin Nature, que en el siglo XVIII la Historia Natural parece centrarse más en lo "normal" de la naturaleza que en lo extraordinario, pues al fin y al cabo lo extraordinario solo se daba en la naturaleza en contadas ocasiones y que sólo eso no servía para conocer la verdadera naturaleza. Que los naturalistas empiezan a dejar más las monstruosidades al campo de la medicina y que eso mismo se observaba en las colecciones de Histora Natural donde lo raro empezaba a ir desapareciendo. Incluso citaba a Jean Mieg -físico y químico del siglo XIX- y su obra Paseo por el Gabinete de Historia Natural (1818) donde a modo de diálogo con un púpilo, daba lecciones sobre los objetos que se hallaban en el gabinete y donde criticaba el interés por lo monstruoso o lo extraño, ya que para su opinión los objetos comunes mostraban mejor el poder de Dios que los que eran extraños. Asimismo advertía a su discípulo cómo el interes por lo raro habia acrecentado el pillaje:
"Es muy útil saber que también existen monstruos ficticios, que los comerciantes de curiosidades de historia natural saben fabricar con bastante perfección, ya con el axilio de hilo y aguja, ya con el de sus navajas y pinceles. Así es como cortan algunas veces la cola y las orejas a los monos, ratones u otros animales conocidos: además les arranca sus dientes y cambian sus colores; todo con el fin de poderlos vender por especies nuevas á los que desean estos objetos..." (Juan Pieg, Paseo por el Gabinete de Histora Natural, p. 101)
Sin dejar de ser cierto lo que dice Cowie, pues al fin y al cabo sí que los gabinetes de historia natural se "naturalizaron" y se hicieron más "científicos", no por ello el interés por las curiosidades, y en concreto por las curiosidades americanas, desapareció en el siglo XVIII y es así como Paula De Vos lo explica en "The rare, the singulary and the extraordinary..." (ver referencia abajo".
Como bien explica Antonio Barrera-Osorio, el interés por las curiosidades americanas empiezó a mostrarse a partir de la segunda mitad del siglo XVI dando como resultado el surgimiento de nuevos jardines, museos, etc. Estas curiosidades motivaron el estudio de la naturaleza americana creándose, incluso, un grupo de profesionales que compartían un interés común como el grupo de coleccionistas de Sevilla formado por Simón Tovar, Argote de Molina o Nicolás Monarde. Sin duda alguna, estas colecciones sirvieron tanto para la investigación como para la propia proyección social de sus propietarios
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| Grabado ilustrativo de la obra de John Byron donde podemos verlo a él ofreciéndole una galleta a una mujer patagona y su hijo. Este tipo de ilustración sería muy repetida en esta época. |

2. Los gigantes.
Fue Fernández de Oviedo el cronista que más información proporcionó de los gigantes o Patagones. En los capítulos VII y VIII del libro XX de su "Historia General y Natural de las Indias", Oviedo recoge la historia de un clérigo llamado Juan de Areyzaga quien se había encontrado con estos gigantes. Por ello da una descripción exacta de sus costumbres, jerarquía, etc. También Pedro Mártir de Anglería hablaría de los famosos patagones y afirmaba que él mismo llegó a tener en su casa un hueso de tales gigantes.
También el gigante fue portador de un sentido emblemático que los situaba siempre en el origen de las civilizaciones, asimismo representaban la barbarie, la desmesura y el primitivismos salvaje. Los gigantes eran seres que debían ser castigados pues personificaban la falta de civilización y es por ello que los conquistadores debían imponerle un nuevo orden moral y político. La civilización de los gigantes formó parte del discurso de legitimación de la conquista americana.

momento. Cristóbal Colón fue el primero en describirlos en su famoso "Diario de a bordo". El 4 de Noviembre de 1492, el Almirante hacía la siguiente descripción de los susodichos seres: 
Las sirenas, entendidas como nereidas y no como la mitología griega la describía, también fueron un mito que estuvo presente en el continente americano. El 9 de enero de 1493, Colón recogía lo siguiente en su famoso "Diario de a bordo":
“El día pasado, cuando el Almirante iba al Rio de Oro, dijo que vido tres sirenas que salieron bien alto del mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dijo que otras veces vido algunas en Guinea en la costa de Manegueta” .
Sin embargo, no siempre era oro todo lo que relucía y es posible que Colón no viera a verdaderas sirenas sino a los manatíes, peces que morfológicamente tenían cierto parecido con el ser humano y que luego fueron recogidos por cronistas como López de Gomara como peces y no sirenas.
A pesar de todo, las historias de sirenas no dejaron de circular y los cronistas no dudaban en incluir estas historias en sus obras. Fernández de Oviedo recogía los testimonios de marinos que afirmaban haber visto sirenas, como el de Alonso de Santa Cruz. Así como las historias de otros dos marino que contaron cómo paseando por la playa se encontraron con estos seres los cuales salieron espantados al ver los perros que los conquistadores llevaban, e incluso cuentan cómo mataron a uno con palazos.
Otro autor que también se hizo eco de la presencia de sirenas en el Nuevo Mundo fue Pedro Mártir de Anglería. Aunque este último se mostró bastante escéptico a la hora de creer en esas fantasías.


