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17 de mayo de 2015

Mujeres científicas (III): Maria Sibylla Merian y el negocio de los bichos

Maria Sibylla Merian por Jacobus Houbraken (1700)


Maria Sibylla Merian nació en Frankfurt en 1647; era hija del artista y grabador Matthäus Merian el viejo. En el taller de su padre aprendió las tecnicas de la ilustración: dibujo, mezcla de colores, grabado de planchas de cobre. Desde los trece años, Maria actuó de manera informal como aprendiza de su padrastro, el pintor Jacob Marel (Su padre murió cuando ella tenía tres años) y con el aprendiz de su padrastro, Joachim Sandrat. Merian recibió, por tanto, una buena formación en dibujo y en pintura de toda clase de flores, frutas y pájaros, y en particular de gusanos, moscas, mosquitos y arañas.

Curiosamente, fue su formación en este arte la que dio a Merian entrada en la ciencia; el valor primordial de sus estudios de insectos se derivaba de su capacidad para captar con gran precisión de detallle lo que observaba. En los comienzos de la ciencia moderna, habitualmente, las mujeres hacían las veces de observadoras e ilustradoras. El éxito de una mujer como ilustradora se basaba en parte en su capacidad para adaptar a un nuevo campo las habilidades en las cuales las mujeres destacaban.

La educación de Merian se ajustó al modelo típico de la hija de un maestro de gremio, es decir, la hija formada como aprendiza de su propia casa. En 1665 Merian se casó con Johann Graff, uno de los aprendices de su padrastro, y la pareja se trasladó a Nuremberg. Aunque los dos eran pintores, Merian no trabajó como socia en el negocio de su marido, sino que fundó el suyo propio: la venta de finas sedas, satenes y linos que había pintado con flores de su propio diseño. Merian, además, reunió en torno suyo a un grupo de alumnas que eran al mismo tiempo sus ayudantes y aprendizas. 

Merian inició su carrera científica con la publicación en 1679 de su Maravillosa Metamorfosis y Especial Nutrición de la Oruga, un libro que aprehendía en imágenes la transformación de la oruga. Un estudio que surgió como consecuencia de años de observación e investigación. Su segundo libro, Neues Blumenbuch, lo publicó en 1680. Se trataba de un libro de flores, trazadas al natural, que proporcionó diseños para pinturas y bordados a los artistas gremiales. 


Ilustración 38 del Metamorphosis Insectorum Surinamensium

Tras doce años en Nuremberg, Merian regresó a Frankfurt en 1682 para cuidar de su madre, que había enviudado recientemente. Hasta entonces, Merian había vivido con su marido. En 1685 o 1686 lo abandonó y reclamó su nombre de soltera. Los periódicos de la época dijeron que Merian había dejado a su esposo después de veinte años de matrimonio a causa de los vergonzosos vicios de él (no se dicen cuáles). Una edición posterior del mismo periódico retiró esta información, insistiendo, por el contrario, en que la culpa de la separación la tenía Merian. Según esta, y posteriores noticias, Merian dejó a Graff a causa de cierto "capricho" y se trasladó con sus dos hijas a la comunidad labadista, una comunidad religiosa experimental. Según se afirmó, Graff acudió a la colonia labadista en un intento de hacer que Merian y sus hijas volviera a Nuremberg con él. Merian, sin embargo, se negó y Graff elevó el asunto a las autoridades de la ciudad. Merian fue públicamente censurada; al no responder, se otorgó a Graff la libertad para volverse a casar. 

La comunidad labadista empezó a disolverse en 1688; en 1691, Merian, tras la muerte de su madre, renunció a sus derechos cívicos en Frankfurt y se trasladó a Amsterdam donde se mantuvo junto con sus hijas haciendo el mismo trabajo que había hecho en Nuremberg. Al mismo tiempo, prosiguió su labor de ilustración científica, preparando, por ejemplo, 127 ilustraciones para una traducción francesa de la Metamorphosis et historia naturalis insectorum de Joanes Goedaert.

En 1699, a los cincuenta y dos años, Merian y su hija Dorothea zarparon rumbo a la colonia holandesa de Surinam para continuar las investigación de la primera sobre los insectos. Merian estuvo dos años recogiendo, estudiando y dibujando insectos y plantas de la región: reunía espécimenes en las primeras y frescas horas del día y los preparaba por la tarde. A su regreso a Amsterdam, Maria Merian empezó a trabajar en su principal obra científica, la Metamorphosis insectorum Surinamensium. En sesenta ilustraciones, Merian detalló los ciclos vitales de diversas orugas y gusanos y lombrices, polillas, mariposas, escarabajos, abejas y moscas. Una verdadera obra empírica. Además de mostrar la reproducción y el desarrollo de los insectos, las ilustraciones de Merian revelaron a Europa plantas nunca descritas ni dibujadas con anterioridad. Los entusiastas consideraron esta obra como "rara". 

Merian dejó huella en la entomología. Se ha dado su nombre a seis plantas, nueve mariposas y dos escarabajos. La Metamorphosis tuvo un gran éxito. Fue elogiada por multitud de eruditos, incluso por el zar Pedro I de Rusia. La independiente Merian, que escribió extensamente sobre su vida y su tiempo, pidió pocas disculpas por su sexo y sufrió escasas críticas el tipo al que tantas veces se enfrentaban las científicas, al menos mientras vivió. Su obra siguió gozando de popularidad durante todo el siglo XVIII y hasta bien entrado el siglo XIX.

2 de mayo de 2015

El rinoceronte y el megaterio (II)



Hablábamos en una entrada anterior sobre el interesantísimo "ensayo de morfología histórica" de Juan Pimentel. En esa primera entrada, además, hacíamos un breve resumen sobre la primera parte del libro dedicado a la histora de Ganda. el rinocernote que viajó de África a Portugal y de Portugal a Italia. Esta segunda entrada lo dedicaremos a la segunda parte del libro, donde se cuenta la maravillosa historia del megaterio.


II. Un extraño cadáver

I. Quimera.  Relata el viaje, embalado y repartido en siete cajas, de América a La Coruña y de ahí a Madrid de los huesos del extraño cadáver. Fueron encontrados en la barranca del río Luján, una de las numerosas arterias fluviales del río de La Plata, a 13 leguas de Buenos Aires. Eran los restos fosilizados de un ser misterioso cuya identidad tardó en ser revelada, "una bestia que pronto capitalizaría intensas polémicas donde se cruzarán, como veremos, la ciencia y la religión, la política y la simbólica, el patriotismo y la emergencia del tiempo y la vida" Fueron encontrados en los primeros meses de 1787 cuando Francisco Aparicio, alcalde de la Villa de Luján, tuvo noticia de que allí cerca estaban aflorando unos huesos de grandes proporciones. Un erudito amateur, un fraile dominico llamado Manuel de Torres, terminó de desenterrar el esqueleto el 29 de abril de 1787. Tras comunicárselo al alcalde, exigió la presencia de un dibujante para que lo plasmara en papel antes de moverlo, con el fin de que se facilitara las posteriores tareas de reconstrucción. Los huesos fueron embalados y llevados a Buenos Aires, donde fueron nuevamente dibujados por un oficial cartógrafo de origen portugués llamado José Custodio Sáa y Faria. Sus dos dibujos acompañaron al esqueleto en su viaje a España; uno de ellos representa las "Partes del esqueleto con sus dimensiones" mientras que el otro es el resultado de la primera reconstrucción del esqueleto. Este último inspiró y guió su montaje real en el Real Gabinete en Madrid meses después. Esta reconstrucción tiene más mérito del que en un principio pudiera parecer. Hay que tener en cuenta que se trataban de unos huesos que pertenecían a un animal totalmente desconocido, por lo que montarlo fue el primer reto al que hubo que enfrentarse. 

Se trataba de un animal enigmático, de un tamaño extraordinario, con una cabeza que resultaba portentosa tanto por su dimensión como por su morfología, con dos poderosas mandíbulas en las que encajaban unos dientes anchos con forma de molares. A ello había que añadir que las extremidades estaban rematadas por unos pies cuyos dedos finalizaban en una suerte de garras ¿Un herbívoro con garras de carnívoro? ¿Un felino del tamaño de un paquidermo? "Su primera apariencia fue la de una quimera". 

Dientes y garras encerraban una gran paradoja. Llegó a acariciarse una posibilidad muy remota: que fueran los restos de un gigante. Un error, por otro lado, muy habitual ya que desde la Antigüedad los restos óseos de grandes vertebrados extintos habían sido interpretados con frecuencia como los de unos supuestos antepasados humanos gigantes. América en su conjunto había sido una tierra fértil para este tipo de hipótesis y leyendas. Asimismo, en el siglo XVIII, la gigantología patagónica estaba conociendo uno de sus momentos culminantes debido al apogeo de las tesis sobre la existencia de gigantes peadmitas, una raza de hombres anteriores al diluvio. Sin embargo, nada más extraer el esqueleto de la barranca del río Luján quedó claro que no podía ser de un hombre. Aquellos huesos no eran de un gigante, ni pertenecían a individuos de especies diferentes. Pese a esta conclusión, el misterioso animal tenía una naturaleza (gran tamaño y extraña morfología) que lindaba con la de un ser prodigioso o un portento. No hubo quien lo calificó como un monstruo y, efectivamente, era un monstruo en tanto que se trataba de un ser anómalo, una desviación, una irregularidad de la naturaleza y, por lo tanto, un hecho singular y excepcional, capaz de suscitar asombro y revestir gran interés científico al mismo tiempo.

Los restos del animal llegaron a Madrid en septiembre de 1788 y fue entonces cuando se inició el proceso de identificación que llevó, en cierta manera, a su desmitificación. No obstante, fue precisamente en el Real Gabinete de Historia Natural donde fue clasificado como "el monstruoso esqueleto" o "el gran monstruo del río Luján". En el Gabinete fue montado y dibujado por el ya mencionado Bru de Ramón, dibujos que fueron grabados e incluidos en Descripción del esqueleto de un cuadrúpedo muy corpulento y raro, que se conserva en el Real gabinete de Historia Natural de Madrid  (1796) de José Garriga. No obstante, el montaje realizado por el disecador y taxidermista fue totalmente erróneo e incluso forzado (se serraron huesos, se rellenó con corcho lo que no encajaba, etc.), creándose un animal cuadrúpedo similar al de una mula. Fue, además, retratado por aquel con argumentos retóricos procedentes de la cultura de la admiración  y el prodigio, como bien puntualiza Pimentel, es notable el peso de la literatura teratológica.

Megaterio. Juan Bautista Bru y Manuel Navarro, Lámina I, publicada en Garrida, J.: Descripción del esqueleto de un cuadrúpedo muy corpulento y raro, que se conserva en el Real gabinete de Historia Natural de Madrid  (1796).

II. Huesos. En este segundo capítulo Pimentel narra el proceso de identificación del misterioso animal. Los huesos fosilizados de este monstruo fueron difícil de clasificar. En la tarea de identificación fueron imprescindibles los dibujos y los grabados que se introdujeron y circularon entre la comunidad científica europea. Los intentos de identificación de esos huesos se produjo cuando la osteología zoológica y la paleontología de vertebrados estaban en el ojo del huracán. El identificador fue Georges Cuvier quien, gracias a las copias de los grabados de Bru que Roume envió al Instituto de Francia en Paris a principios de 1796, pudo resolver el misterio de su identidad en un informe que fue publicado en el Magasin Encyclopédique en 1796. En el proceso de identificación Couvier no se dejó arrastrar ni por el lugar donde había sido exhumado, ni se dejó impresionar o confundir por el tamaño, simplemente concentró toda su atención en las formas y resolvió la paradoja de su dentición y sus garras discordantes empleando sus conocimientos sobre otros vertebrados y aplicándolos al caso, es decir, mediante la analogía y la extrapolación. Su conclusión fue la de que los huesos pertenecían a un animal desaparecido y lo ubicó entre los perezosos (por la forma de sus cráneo) y los armadillos (por su dentadura) y, finalmente, se atrevió a bautizarlo: primero como Megatherium Americanum y, después, como Megatherium fossile. En todo este proceso de identificación hay que añadir, además, que Cuvier no fue el único que lo realizó: personajes como Thomas Jefferson, que a finales del siglo XVIII vivía en París, también mostró interés por el Megaterio, aunque por razones totalmente diferentes: la exaltación de la naturaleza americana. 


III. Fósil. En este tercer capítulo Pimentel ensalza la figura de Cuvier y la importancia de su trabajo en el estudio de la fauna extinta. La importancia que fue adquiriendo los trabajos sobre animales desaparecidos y presentes, las reflexiones sobre el pasado y el presente de la tierra. En el siglo XVIII empieza a haber un interés cada vez más creciente por la historia de la tierra y de los seres vivos, se presta atención a los fósiles y a su naturaleza, al origen de los mismos y a lo que la tierra escondía en su interior. El Megaterio fue visto como un conjunto de huesos fosilizados y fue el punto de salida hacia lo que hoy conocemos como paleontología. En este capítulo Pimentel hace un análisis a la evolución de esta ciencia en la Ilustración y, muy especialmente, sobre la historia del Megaterio tras Cuvier que concluye con Richard Owen, ya en el siglo XIX, quien dio forma definitiva al Megaterio como un ser alejado del monstruo cuadrúpedo inicial, sino cercano al bipedismo ocasional cuyo fin era poder llegar a las ramas de los árboles de cuyas plantas se alimentaba y es así, sobre sus dos patas traseras, como aparece representado en los grandes museos de Historia Natural de Londres y París. En España se ha decidido por seguir mostrándolo cuadrúpedo.

Megaterio en la actualidad. Museo de Ciencias Naturales de Madrid. 

Fuente:

Pimentel, Juan: El rinoceronte y el megaterio, un ensayo de morfología histórica, Madrid, Adaba editores, 2010.

18 de abril de 2015

El rinoceronte y el megaterio (I).



Pimentel nos trae en este trabajo, que él clasifica de ensayo, un juego de analogía, una especie de enfrentamiento comparativo de dos historias que a simple vista no tienen relación alguna: la llegada del rinoceronte Ganda a Portugal en el siglo XVI y el descubrimiento del Megaterio en el XVIII. Un ensayo de "morfología histórica" que destaca por lo arriesgado de su planteamiento,  que se explica en las hipótesis y los objetivos planteados por el autor en la introducción del mismo, y por su brillantez tanto como trabajo de investigación como por el uso de una narración fluida y sencilla que hace de su lectura todo un placer. Es un libro que sirve para el aprendizaje –si no nos quedamos en lo aparente– a la vez que disfrutamos de su lectura. 

I. Paquidermo armado.

I. Itinerario. Pimentel narra de manera ¿casi novelada? el tortuoso viaje del rinoceronte, Ganda, desde la remota Goa a Portugal. Un viaje por dos océanos, tres meses, 120 días, en un barco donde el animal carecía de visión a la vez que agudizaba su audición lo cual, lejos de ser tranquilizador, advertía que se estaba adentrando no solo en un mundo desconocido sino también aterrorizador. El rinoceronte viaja en calidad de mercancía, es una víctima más del tráfico de objeto exóticos entre Oriente y Occidente. En palabras de Pimentel: "Su estatus transita entre lo humano y lo no humano. Es un ser vivo pero también un objeto [...] y como todos los productos de la voluntad de almacenaje de Occidente, está experimentando lo que significa el tráfico.." Su arribada a Europa se explica desde la economía del don. Ganda es un obsequio. El sultán de Cambay se lo había regalado al gobernador de Portugal Alfonso de Albuquerque para apaciguar la ira de este ante la imposibilidad de hacerse con todo el terreno que él quería. En este contexto, además, hay que tener en cuenta en el proceso de sustitución que se produce tras el descubrimiento de la ruta africana para llegar a la India, a saber, la que hizo que Venecia quedara en segundo plano frente a Portugal, que ahora se convertía en la cabeza del negocio con Oriente. Albuquerque regaló Ganda al rey Manuel I quien, a su vez, decidió regalárselo al papa León X, en un proceso que Pimentel define como "Dar, recibir, entregar". De nuevo no fue una entrega desinteresada, Manuel I pretendía con su regalo que el papa le apoyara en el nuevo reparto del mundo que se estaba llevando a cabo en Zaragoza. De nuevo Ganda se puso en camino, esta vez para ir a Italia. Un nuevo periplo que lo llevó a Marsella donde fue visitado por el monarca francés Francisco I y que le llevó a su trágico final, pues el barco de Ganda naufragó frente a las costas italianas. No hubo supervivientes. 

II. Palabras. Pimentel inicia este segundo capítuli haciendo referencia al conocimiento que tenían los europeos sobre un animal como el rinoceronte. En este sentido dice: "Lo que se conocía y se esperaba de un rinoceronte era tan poco que no ofrecía dudas. Las escasas noticias que se tenían pesaban sobre su reputación y su fisiología como algo inevitable". Del rinoceronte se conocía lo que habían dicho los clásicos, y el hecho de que a su llegada lo enfrentaran con un elefante demuestra hasta qué punto la historia natural del Renacimiento dependía de lo que habían dicho autores como Plinio o Estrabon, una historia natural donde primaba lo que estaba escrito. El enfrentamiento, además, "es una forma de entender qué es un ser vivo [en la Edad Moderna], cómo se le conoce, qué se espera de él, cuál es su cometido". La lucha no era más que un experimento para saber si era verdad la enemistad natural de estos animales que tanto proclamaban los antiguos. La figura del rinoceronte, por tanto, estaba vinculada a la historia de las prefiguraciones de Oriente. Una última puntualización en este capítulo es la vinculación casi inevitable que durante mucho tiempo  se produjo entre el unicornio y el rinoceronte. 



III. Grabado. Pimentel narra en este capítulo la curiosa historia del grabado del rinoceronte de Alberto Durero, haciendo especial hincapié en un tema que lleva interesando al autor un tiempo: las relaciones entre ciencia y arte. Durero fue uno de los artistas más destacados en materia de ilustraciones zoológicas y botánicas. Fue un ejemplo de artista ad vivum, es decir, que dibujaba la naturaleza tal y como la veía, la experimentaba, siguiendo la corriente epistemológica del periodo que abogaba por la observación directa del fenómeno retratado. Sin embargo, resulta curioso el hecho de que Durero nunca viera al rinoceronte, al menos no a Ganda, protagonista de su dibujo. Tuvo acceso a una carta de Valentin Fernandes y a un dibujo que a lo acompañaba. En palabras de Pimentel: "El rinoceronte de Durero es el resultado de un testimonio transferido, delegado". Un grabado que nos habla, además, de las relaciones –principalmente comerciales– entre Lisboa y Nuremberg. Durero copió o se inspiró en una imagen que desapareció para dibujar este animal extraordinario. Probablemente también copió el texto que acompañaba al grabado. En la imagen se puede apreciar a un animal prehistórico que transita entre lo orgánico y lo inorgánico, una imagen donde se funde la evidencia del paquidermo asiático y las adherencias anatómicas del unicornio y los reptiles. La imagen del rinoceronte de Durero fue infinitamente reproducida y eso provocó que el dibujo imperara sobre la realidad, incluso cuando muchos viajaron a la India: "El grabado es una tecnología hecha para gobernar el mundo y domesticar la mirada". La producción del grabado también implicó una ¿degeneración? pues Ganda pasó de ser un ser vivo a un producto que se acerca a las masas y que es producido para la masas gracias al arte y la tecnología: "la copia sustituye al orginal". El rinoceronte de Durero, idealizado y metalizado, acabó por convertirse en el modelo a reconocer e imitar, un hecho multiplicado por la rareza del animal y las pocas posibilidades de contrastarlo con el original o con otras imágenes. Copias del grabado de Durero aparecieron en las grandes obras de historia natural del periodo como la de Münster, Gessner, Thevet, etc. Su imagen fue clave para la historia natural renacentista. 

Fuente:

Pimentel, Juan: El rinoceronte y el megaterio, un ensayo de morfología histórica, Madrid, Adaba editores, 2010.

16 de abril de 2015

Mujeres científicas (II): Émilie du Châtelet y la física.

Émilie du Châtelet retratada por Maurice Quentin de La Tour

Gabrielle Émilie Le Tonnelier de Breteuil, marquesa de Châtelet  nació el 17 de diciembre de 1706 en París, hija de Louis Nicolas Le Tonnelier, barón de Breteuil, y de Gabrielle-Anne de Froulay. Su padre era introductor de embajadores de Luis XIV y contaba con antepasados en la magistratura y en las finanzas. Se casó tardíamente con la madre de Émilie y antes de ello mantuvo un largo y apasionado romance con Anne Bellinzani, una inteligente mujer interesada en la astronomía, con la que tuvo una hija ilegítima, Michelle. El barón de Breteuil, además, fue amigo de filósofos y en su salón de París recibía frecuentemente a científicos y matemáticos como Bernard de Fontanelle. Algunos de los personajes que visitaban a la familia, como Mme de Mézières, animaron a Émilie a desarrollar sus facultades intelectuales. Este hecho hizo que Émilie lograra gozar de mayor libertad en la elección de sus compañeros intelectuales, al contrario que otras mujeres de su tiempo como Margaret Cavendish. Aunque esa libertad no impidió que se casará por consideraciones de rango, ya que con 19 años contrajo matrimonio con Forent-Claude, marqués du Châtelet y conde de Lomont, un oficial del ejército perteneciente a una familia ilustre pero muy empobrecida de Lorena.

Después del matrimonio convencional que se esperaba de una mujer de su posición y de tener tres hijos, los intereses de Émilie se centraron de forma creciente en la ciencia. Conoció a Voltaire en París en 1733 y, aunque estaba casada y tenía una buena relación con su marido, desarrolló una relación cada vez más íntima con Voltaire, la cual había de durar el resto de su vida. Las aristócratas de esta época disfrutaban de ciertas libertadas en asuntos de amor; las relaciones extramatrimoniales, si bien no eran alentadas, de hecho eran toleradas. En 1734, las Cartas filosóficas de Voltaire, publicadas en secreto, fueron confiscadas, denunciadas y quemadas públicamente. Bajo amenaza de detención, él y du Châtelet se retiraron al château de Cirey, una finca que les sirvió de refugio. 

En Cirey, Émilie dio comienzo a sus estudios filosóficos sistemáticos. Voltaire, que había desarrollado un gusto por la física newtoniana durante su estancia en Inglaterra en 1728, le presentó a ardientes newtonianos franceses. Hasta 1737, ella, al igual que Voltaire, apoyó a los newtonianos franceses en su lucha contra los cartesianos de la Académie Royale des Scienses. Bajo la tutela de Pierre Maupertis, que accedió a darle clases de álgebra como favor personal en 1734, pronto superó a Voltaire en matemáticas y físicas. Cuando Voltaire empezó sus Elementos de filosofía de Newton en 1736, Châtelet le proporcionó los conocimientos matemáticos que le faltaban. Este periodo marcó la culminación del entusiasmo puramente newtoniano en Cirey. 

En 1737, la Académie Royale des Scienses anunció una competición con premio sobre la naturaleza del fuego y el calor. Voltaire decidió participar, había instalado en Cirey un magnífico gabinete de física equipado con todo tipo de instrumentos. Aunque en un principio colaboró con Voltaire en su ensayo, Du Châtelet decidió en último momento redactar y enviar su propio trabajo, en el cual argumentaba en contra de muchas de las ideas de aquel. Lo hizo sin el conocimiento de Voltaire. Temiendo enojarle, le ocultó su trabajo, escribiendo en secreto por la noche; se mantenía despierta metiendo las manos en agua helada. Su trabajo, a diferencia del de él, se realizó fuera del laboratorio. Como no quería despertar sus sospechas, no volvió al laboratorio para comprobar sus hipótesis. Solo cuando supo que ninguno de ellos había conseguido el premio le reveló su autoría. Aunque ninguno había ganado, Voltaire dispuso que las memorias de los dos fueran incluidas en la publicación de la academia junto con las de los ganadores.

Con esta competición, Èmilie empezó a distanciarse intelectualmente de Voltaire. Había llegado a desconfiar de su radical postura antimetafísica. En este momento, siguiendo sus creencias de que la ciencias naturales estaban incompletas sin algún fundamento metafísico, empezó a trabajar en sus Institutions de physique, en principio concebidas como un libro sobre los principios de la física newtoniana para la instrucción de su hijo, Louis-Marie. De nuevo trabajó en secreto. Había dispuesto que una de sus amigas íntimas llevase la obra al censor y al impresor, a fin de conservar el anonimato. A pesar de ello, la necesidad de obtener comentarios sobre su obra le llevó a mostrarla a Maupertuis, el único de sus amigos que ella consideró capacitado para leerla, no obstante se la presentó como su fueran simples ejercicios en vez de los futuros capítulos de un libro.

La crítica que le hizo su amigo de sus matemáticas le indujo a empezar a buscar un tutor que pudiera concederle más tiempo. Contrató a Samuel Köning que la introdujo en la metafísica leibniziana, donde encontró el marco metafísico que estaba buscando. Köning, sin saber nada tampoco de su obra, le ayudó a rehacer todo el manuscrito hasta que, en noviembre de 1739, vio casualmente algunas pruebas enviadas por el impresor. Considerando que el cargo de tutor estaba por debajo de su dignidad, Köning reveló su autoría en vísperas de la publicación, difundiendo la historia de que él era el verdadero autor, que ella se había limitado a copiar sus notas y  a enviarlas el impresor como obra suya. Cuando este se fue, Émilie no pudo encontrar otro tutor en quien confiar, de modo que terminó el libro sola y lo publicó anónimamente a finales de 1740. 

Tras el fracaso con Köning, volvió al proyecto de presentar las obras de Newton al público francés, la obra por la cual sería más recordada. Su traducción de los Principia mathematica de Newton con un comentario, publicada tras la muerte de Du Chêlet, sigue siendo hoy en día la traducción francesa estándar de esta obra. En 1749 fue a París a concluir su comentario y suplemento teórico en colaboración con Clairut. Sin embargo, pronto descubrió que a sus cuarenta y dos años estaba embarazada del poeta marqués de Saint-Lambert, al que había conocido en la corte de Estanislao. Murió de fiebre puerperal unos días después de dar a luz a su hija (la niña también murió). Antes de morir había confiado el manuscrito de su traducción anotada al bibliotecario de la Bibliothèque du Roi de París. Apareció en 1759 y sigue siendo la única traducción francesa de esta obra. 

"Èmile du Chátelet es probablemente la científica más conocida del siglo XVIII. Conocida por sus contemporáneos como Èmilie, un nombre popularizado por Voltaire, su reputación se basa tanto en su liason con él como en sus propios logros científicos. Como observó un contemporáneo: las mujeres son [...]como las naciones conquistadas [...] toda la originalidad, grandeza y en ocasiones genio que posean se considera solamente como reflejo del espíritu del hombre famoso al que amaron" (p. 101)

Fuente: 

Schiebinger, Londa: ¿Tiene sexo la mente? Valencia, ediciones cátedra, 2004. Traducción de María Condor. pp. 95-101. 

26 de marzo de 2015

Mujeres científicas (I): Marie-Catherine Biheron, una científica en la periferia.

Que las mujeres fueron excluidas de las ciencias no es una novedad. Como bien explica la historiadora Londa Schiebinger en su trabajo ¿Tiene sexo la mente? la mujer siempre ha sido apartada del mundo de las ciencias, pese a que muchas de ellas fueron científicas, es decir, que poseían conocimientos de determinados campos de la ciencia (Historia natural, Anatomía, Física, etc.). Sin embargo, las puertas de academias estuvieron cerradas para ellas y se les negaron cualquier tipo de reconocimiento. La investigación de Schiebinger va más allá de ser una mera enciclopedia de nombres. Como bien indica en la introducción de la misma, no solo ofrece una serie de nombres y biografías sino que ahonda en los motivos por los cuales las mujeres fueron excluidas del mundo científico durante el periodo moderno, un planteamiento que va sosteniendo a lo largo de todo su trabajo. Sin embargo, no es mi intención aquí hacer un resumen sobre su trabajo, más que nada porque sería incapaz de quedarme con un simple resumen; pero sí que quiero dar luz a varias científicas que incluye en su trabajo, a modo de homenaje, para que sus nombres circulen y no se olviden. 

Marie Catherine Bihéron (1719-1795) fue una francesa anatomista conocida, principalmente, por sus ilustraciones médicas y por sus figuras de cera. Fue hija de un farmacéutico francés e estudió arte en el Jardin du Roi (Jardines Botánicos del rey francés) de la mano de Madaleine Basseporte quien, a su vez, trabajaba como ilustradora en el Jardín Royal des Herbes Médicinales. Fue Basseporte quien aconsejó a Biheron que dedicara su habilidad a la ejecución de modelos anatómicos, a raíz de lo cual se convirtió en una de las principales creadoras de figuras de cera de la época. La cera se utilizaba para modelarlo todo, y fue durante los siglos XVI y XVI cuando empezó a usarse para modelar cuerpos humanos para usarlos con fines pedagógicos en la medicina debido a la escasez  de cadáveres para disecciones. El modelado anatómico en cera alcanzó su punto culminante en Italia y Francia durante el XVIII. 

Modelo anatómico en cera realizado por Marie-Catherine Biheron 

Aunque también había hombres que trabajaban la cera, las mujeres destacaban especialmente en el modelado del cuerpo femenino, ya que, hasta el siglo XVIII, el conocimiento y el cuidado del cuerpo fue dominado por la mujer. La obra de la propia Biheron fue elogiada por su precisa y delicada copia de la naturaleza. A Sir John Pringle, médico general de Gran Bretaña y miembro de la Royal Society, sus modelos le parecieron tan reales que exclamó: "No les falta más que oler".

Biheron presentó su obra en varias ocasiones ante los académicos reales de Francia. La primera de estas ocasiones tuvo lugar en 1759, a raíz de la invitación del anatomista francés Jean Morand. En el acta de la reunión se alababa sus producciones por superar a las de William Denoues, el modelador en cera más destacado de las décadas anteriores. También aquí sus trabajos engañaron al espectador haciéndole creer que eran auténticos. Se decía que Biheron imitaba a la naturaleza con una precisión y una verdad que ninguna persona lo había logrado todavía.

Aunque no hay ninguna descripción de los procedimientos de Biheron, se sabe, gracias a los escritos del periodista e historiador francés Louis Prudhomme de la década de 1830, que contrataba a gente para que robase cadáveres al ejército para ella. La cosa distaba mucho de ser agradable. Ya en putrefacción cuando los recibía, los guardaba en una vitrina de cristal en el centro de su jardín. De esta manera, Biheron podía lleva a cabo un estudio pormenorizado del cuerpo humano y alcanzar una perfección asombrosa en sus modelos.


Modelo anatómico en cera realizado por Marie-Catherine Biheron

En 1770, Biheron volvió a París para mostrar a la Académie Royale des Sciences su complejo y realista modelo de una mujer embarazada. La figura reproducía con exactitud todas las fases y mecanismos del parto, complementados por un coxis móvil, una cérvix que se dilataba y cerraba a voluntad y fetos desmontables. El artefacto era especialmente útil para enseñar a los alumnos cómo hacer frente a los partos peligrosos sin dañar a un sujeto vivo. Los modelos de Biheron fueron utilizados por la célebre Anne Le Boursier du Coudray, contratada en la década de 1770 por el gobierno francés para enseñar el arte de la partería a nada menos que cuatro mil mujeres de todas las provincias. 

En 1771, Biheron volvió a exponer su anatomía de cera en la Académie Royale des Sciences, esta vez para complacer al príncipe heredero de Suecia. El mayor honor de Biheron fue la adquisión de sus modelos anatómicos por Catalina la Grande para la Academia de Ciencias de San Petersburgo. Su anatomía artificial acompañó a una colección de instrumentos médicos enviados por Moran desde la parisiene Académie Royale des Sciencies.

Estos éxitos académicos, sin embargo, no se tradujeron en un sillón en la propia academia ni en una pensión del rey. Durante treinta años, Biheron se ganó la vida abriendo su colección a los curiosos todos los miércoles, por la pequeña tarifa de tres libras. También daba clases en sus casa: Diderot y Genlis, por ejemplo, figuraron entre sus alumnos. Sin embargo, según cuenta Prudhomme, fue duramente criticada por los médicos y cirujanos de París por invadir el monopolio de estos. Biheron visitó también Londres dos veces en busca de trabajo pero tuvo poco éxito, si bien sus modelos de cera influyeron en los doctores Williams y John Hunter para que abrieran su propio museo de anatomía comparativa en la década de 1770. 


Fuente: 

Schiebinger, Londa: ¿Tiene sexo la mente? Valencia, ediciones cátedra, 2004. Traducción de María Condor. pp. 49-52.


24 de febrero de 2014

El "Repositorio" de la Royal Society

Catálogo del Repositorio escrito por Nehemiah Grew

El "Repositorio" de la Royal Society fue uno de los aspectos más celebrados y visibles de la mencionada sociedad desde sus orígenes. Para los que no lo sepan, la Royal Society fue una de las instituciones científicas más importantes de la Europa Moderna, surgida con el fin de promover el avance de la ciencia. Fundada en 1662, es una de las sociedades científicas más antiguas del continente europeo y aún hoy mantiene su prestigio. El Repositorio ayudó, en parte,  a la creación del ideal científico de la sociedad y, no solo eso, sino que además se convirtió en una de las atracciones turísticas más importantes de Londres a finales del siglo XVII y principios del XVIII.

Hay que entender que tras la palabra Repositorio se esconde un intento de colección similar a los gabinetes de curiosidades, cuyo fin, al menos para el de los socios de la sociedad, iba más allá de lo meramente curioso. La historia de la colección comienza casi desde los primeros momentos de la sociedad. Desde el principio, ésta acumuló todo tipo de objetos relevantes a su campo de interés y también empezó a adquirir ítem similares a los que se podían encontrar en los gabinetes de curiosidades privados. Por ejemplo, en 1662 Lord Berkeley presentó a la sociedad un ave del paraíso que luego se convirtió en una pieza de colección, y John Evelyn dio constancia de como se había recibido una donación que constaba de una parte de piel de elefante. En 1663, se le otorga a Robert Hook el cargo, o "pseudo cargo", de supervisor del Repositorio.

Las intenciones de crear una colección por la Royal Society quedaron muy claras desde el principio, si bien las ideas que se tenían sobre ello no eran comunes. En 1664 se intentó decidir cual era la mejor manera para elaborar una colección de espécimenes y para ello se le ordena a Christopher Merrett y Walter Charleton la realización de un catálogo en el que se incluyeran todo tipo de animales deseables para el repositorio, tanto exóticos como domésticos, así como una serie de direcciones para la conservación de los mismos. Desde un primer momento, este catálogo pareció dejar claro es que se pretendía crear una colección de fenómenos, tanto exóticos como domésticos, similar a las aleatorias colecciones de curiosidades. Para la adquisición de espécimenes, se le encargó a Thomas Povey (Chairman of the Committe for Correspondance) que procurara para la colección todo tipo de curiosidades, asimismo se le recomendó que estableciera relaciones tanto con Mr. Hubbard, dueño de una de las colecciones de curiosidades más grandes y famosas de Londres, así como con Robert Hubert -alias Forges- dueño de una abrumadora colección, la más grande de toda Inglaterra junto con la Colección Ashmolean (Hoy en el Museo de Oxford). Éste último había sido un hombre que había viajado por muchos lugares y había acrecentado su colección con múltiples objetos traídos de sus viajes, y alcanzó tal prestigio que fue visitado por Charles II y fue una de las pocas que contó con catálogo impreso. Hubert, además, ofrecía guías privadas en su colección y en tres o cuatro idiomas para los embajadores. No obstante, a mitad del siglo XVII, Hubert mostró deseos de vender su colección (a pesar de que siguiera incrementándola con la compra de objetos), y en 1666 fue adquirida por la Royal Society.

A pesar de la adquisición de objetos de gabinetes de curiosidades, la Royal Society no quería convertir al Repositorio en un gabinete al estilo de Hubert. Existía la esperanza, y así se dejaba ver en la Philosophical Transactions, de que el respositorio tuviera un rol más importante en la reforma del conocimiento. El objetivo que se pretendía alcanzar era el de desarrollar una descripción completa y exacta del mundo natural a través de la acumulación de objetos particulares. No obstante, la tensión entre lo "curioso" y lo "científico" siempre estuvo presente, sin estar muy claro cuál de los dos intereses predominaba. Asimismo, las cosas no fueron de acuerdo al plan establecido desde el principio debido a múltiples razones: la impracticabilidad de las aspiraciones, la falta de recurso que impedía no sólo la compra de ítem - el repositorio se alimentaba principalmente de donaciones- sino también el establecimiento de la propia colección que se estuvo moviendo de un lugar a otro, provocando la pérdida o la desintegración de algunos objetos; y también por la conflictividad de valores de aquéllos asociados con la colección

No obstante, el Repositorio, y a pesar de las tensiones y problemas, se convirtió en una colección muy visitada a finales del siglo XVIII y está claro que fue lo extraordinario más que lo ordinario lo que atrajo la atención de los visitantes. Asimismo, contó con un magnífico catálogo realizado por Nehemiah Grew, Musaeum Regalis Societatis. Or a catalogue & description of the Natural and Artificial Rarities Belonging to the Royal Society... (1681), que se caracterizó por su erudición, con largas descripciones de los objetos que formaban parte de la colección, que demostraban que el autor había realizado una amplia lectura de obras de carácter científico, relevante para el conocimiento de los objetos que tenía bajo su custodia.

Fuente:

Hunter, Michael: Establishing the New Science: the Experience of the Early Royal Society, Nueva York, Boydell & Brewer, 1989. Capítulo cuatro titulado: "Between Cabinet of Curiosities and Research Collection: The History of the Royal Society's "Repository".



29 de diciembre de 2013

Introducción de la medicina moderna en España

Portada Introducción de la Medicina moderna en España 

En los últimos días, debido a los nuevos derroteros de mi investigación centrados ahora en la medicalización de los monstruos en la Monarquía Hispánica, he estado enfrascada en la lectura de Introducción de la Medicina moderna en España de Rafael Ángel Rodríguez Sánchez. Un libro que me ha parecido muy interesante e ilustrativo por diversas razones, en primer lugar por la forma que el autor tiene de transmitir las ideas, explicando de manera clara y sencilla conceptos como la medicina galenista, la medicina moderna o la medicina defendida por los novatores, el momento de transición de una medicina a otra, el concepto de revolución científica. Para ello, el autor hace gala de un estilo muy sencillo, llano y cercano al lector lo que prueba de que para hacer un libro científico no se tiene porqué hacer uso de un estilo artificioso, cargado de palabras que estilísitcamente son preciosas pero que a la hora de entender conceptos dificulta más que facilita la compresión del lector. Asimismo, Rafael Ángel no duda en repetir explicaciones cada vez que desea exponer una nueva teoría o idea, así si en los primeros capítulos explica en qué se basa la medicina galenista no duda en hacerlo otra vez en los capitulos posteriores cuando habla de la revolución científica en sí misma. Es cierto que esto podría resultar pesado pero la verdad es que supone una gran ayuda para aquellos que no estamos ciertamente familiarizados con el tema. En segundo lugar, lo que hace interesante a dicha obra es la capacidad que tiene de exponer de forma clara y universal cómo era la medicina en los siglos XVI, XVII y XVIII sin entrar en complicaciones y ofreciendo al lector un panorama claro de todo el proceso evolutivo de esos siglos.

Pongo aquí un breve resumen del libro siguiendo el índice del mismo:

Los dos primeros capítulos titulados "Los galenistas y los modernos. Consideraciones generales", "El punto de partida. La situación de la ciencia española en el siglo XVII" no son más que capítulos introductorios que le sirven al autor para, primero, explicar qué es la medicina galenista e hipocrática que tenía su fundamento en Aristóteles por la que consideraba al organismo humano como un combinado de cuatro elementos y humores, gobernados además por el alma como principio rector, siendo el equilibro de éstos los que garantizaba la salud, Y segundo, la medicina moderna, iniciada a mediados del siglo XVI en Europa gracias a la labor de innumerables figuras como Vesalio (revolución anatómica), Harvey (circulación de la sangre), etc. Y que dio lugar tanto a la iatroquímica por la que era posible explicar el cuerpo como humano y todo lo que en él acontecía en base a "reacciones químicas", y la iatromecánica en la que se asemeja al cuerpo humano a una máquina. 

El segundo capítulo lo dedica a evaluar la situación general de la medicina en el siglo XVII. Incide en el atraso científico de las universidades en que ésta se seguía basando en la lectura y los comentarios de textos de las obras de Galeno, Hipócrates, Avicena, etc. Una institución que no ignoraba las novedades que venían de Europa pero que no solo no las aceptaba sino que además las rechazaba con gran vehemencia, criticando a aquellas instituciones que si las abrazaba tales como la Regia Academia de Medicina y otras Ciencias de Sevilla. Fueron instituciones como estas y las tertulias las que motivaron la investigación y desarrollaron novedades. 

El tercer capítulo titulado "Comienza el cambio. La transformación de la práctica médica. De sangrías, purgas y remedios químicos", supone ya el comienzo del cambio en la medicina española, un cambio que se inicia con el surgimiento de las llamadas "polémicas", escritos donde se defendían y refutaban teorías propias y opuestas. Un fenómeno en el que participaron las principales figuras médicas del momento divididas en galenistas y modernos o novatores. Unas polémicas centradas sobre todo en temas tan controvertidos como la circulación de la sangre, la digestión, las sangrías, la quina como medicina o el antimonio. Si bien los galenistas se oponían a la circulación de la sangre, ofrecían su particular explicación sobre la digestión, defendían las sangrías como método terapéutico y rechazaban los medicamentos como la quina y el antimonio, los modernos o novatores eran todo lo contrario. Este capítulo se complementa con el cuarto, "El debate se vuelve más filosófico. De átomos, formas sustanciales y escépticos" en la que el autor se centra en las polémicas con temas más epistemológicos teniendo como protagonistas grandes figuras tales como Martín Martínez o Benito Feijóo.

En el  capítulo quinto "Tras la tempestad llega la calma" el autor hace especial hincapié en una fecha: 1727 que él considera clave para el cambio de orientación en la situación cultural de España. En este momento se produce la incorporación de las nuevas doctrinas y da lugar a dos nuevas actitudes: escepticismo y eclecticismo. Ambas rechazaban los sistemas filosóficos cerrados y omniabarcantes. Es en este momento cuando la mayoría de los intelectuales mantienen lo que les parece razonable de lo antiguo y aceptan muchos de los nuevos planteamientos. 

Los capítulos sexto y séptimo no son más que un homenaje a las grandes figuras y a la institución cientifica del momento. En "Un recuerdo para los grandes" el autor resalta las figuras de Juan de Cabrida, Juan Muñoz y Peralta, Martín Martínez y Benito Feijóo. Todos ellos contribuyeron al avance de la medicina. En "Un elogio de justicia par Sevilla", el autor resalta la función realizada por la Regia Academia de Medicina y Otras Ciencias de Sevilla que define de manera acertada de la siguiente forma: Podemos decir de ella que se trató de una reunión de galenos, que no galenistas, que querían para mejor desarrollar su arte, conocer y aplicar los nuevos descubrimientos científicos como la circulación de la sangre, las transfusiones de sangre y el uso de la quinina.

Los tres siguientes capítulos son complementarios. El octavo, "¿Hubo en España una revolución científica al estilo de Kuhn?", es la base de todo el libro. El autor intenta demostrar que el cambio producido en la medicina española se aplica la teoría de Khun sobre lo que significa una revolución científica, esto es, el cambio de un paradigma antiguo y sin valor, por otro completamente nuevo y avanzado y, por tanto, más certero. No es cuestión de entrar en todo lo que el autor explica sobre Khun pero, en definitiva, acepta que si bien es cierto que en la medicina se produce un cambio de paradigma -del rechazo a la aceptación de la circulación de la sangre, por ejemplo-, no se puede decir que la teoría de Khun encaje al 100% ya que la introducción de la medicina moderna en España no es, sin más, una sustitución del paradigma antiguo por el moderno sino que hay una victoria del moderno, pero integrando elementos del antiguo. Los capítulos novenos y décimos tratan sobre las dificultades y las facilidades que se dieron para esa revolución ("Causas que dificultaron la revolución científica española", "Causas que facilitaron la revolución científica española").

El último capítulo, "El sabio escepticismo como nuevo aire ilustrado", sirve de conclusión. Antes de que se produjera lo que se conoce como Ilustración, las polémicas en torno a la medicina dieron lugar a un fenómeno llamado escepticismo del que participaron pre-ilustrados e ilustrados. Este movimiento estaba dividido en tres: depurador, fundamentados y ecléctico. El primero supone el rechazo de un saber que, los escolásticos del momento por su poca talla intelectual, se habían acostumbrado a validar simplemente por tradición. El segundo defendía que la mejor actitud para enfrentarse con los misterios de la naturaleza era la duda, entendida ésta como un espíritu vigilante que persigue la constante mejoria y que cuenta siempre con el apoyo de la información de los sentidos. El ultimo defendía que ante la falta de seguridad en las ideas, era necesario tomar de "aquí y de allá" lo que era válido. En este sentido, los modernos se habían hecho más escolásticos y los escolásticos  se habían hecho más modernos. 


Fuente:

Rodríguez Sánchez, Rafael Ángel: Introducción de la medicina moderna en España, ediciones Alfar, 2005. 

1 de diciembre de 2013

El Monstruo como evidencia de la investigación anatómica.

Jean Méry.

Los monstruos siempre han despertado el interés de médicos y anatomistas mucho antes que de que se produjeran los primeros debates en las grandes academias y sociedades europeas. Un claro ejemplo podemos verlo en el cirujano francés Ambroise Paré quien en el siglo XVI escribió la que se convertiría en una de los obras clásicas de la teratología: Des monstres et des prodiges (1573), así como en la obra del médico español del siglo XVIII José Rivilla Bonet y Pueyo: Desvios de la naturaleza o Tratado de el origen de los monstros.... No obstante, y a pesar de este interés previo, el gran boom se producirá a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, cuando la anatomía, la disección humana empiece a despuntar y cuando las Sociedades y la Academias europeas empiecen a debatir temas tan espinosos como el de la generación humana.

La visión que se tiene del monstruo en el siglo XVIII es relativamente distinta a la que se tiene en épocas anteriores. Dentro del mundo de la medicina y, en concreto, de la investigación anatómica, el monstruo dejó de ser visto como algo raro, de hecho, la proliferación de monstruos a lo largo de la centuria hizo que se convirtiera en algo muy común. Esta proliferación se debió a que el monstruo era algo que se producía por desviaciones accidentales de la estructura normal, y el número de monstruos eran tan numerosos como el número de desviaciones. Asimismo, con el desarrollo de la disección humana, lo monstruoso no solo estaba en el aspecto físico exterior del ser humano, sino también en el interior. El incremento de seres deformes fue tal que hasta la propia Academia de las Ciencias de Francia se vio obligada a establecer una tipología implícita de monstruos en la que se dejaba a un lado aquellos que se caracterizaban por el exceso, falta o trasposición de partes para dejar paso a aquellos que se consideraban "únicos". Es más, se llegó a dividir a los monstruos en dos tipos, aquellos que mostraban una conformación extraordinaria aunque ya conocida por lo que no requería investigación, y aquellos que eran monstruosos no solo con respecto a lo que se consideraba normal sino también con respecto al resto de los casos anormales.

La proliferación de seres monstruosos hizo que el valor de los mismos no residera en su carácter único, pues ya no lo eran. El monstruo se convirtió en algo valioso porque servía en las investigaciones anatómicas y fisiológicas, y era tratado como cualquier otro procedimiento experimental.  Esta es la razón por la que las comunicaciones teratológicas de academias y sociedades europeas reflejaron la misma narrativa que rodeaba otras prácticas experimentales. Había varias razones por las que el monstruo se convirtió en modelo de investigaciones anatómicas: en primer lugar, carecía de los problemas éticos y pragmáticos que rodeaban las disecciones humanas; en segundo lugar, era visto como experimento de la naturaleza, y por último, podía ser usado como evidencia en el estudio de la anatomía humana.

Teniendo en cuenta este cambio en la visión del monstruo, resulta interesante el caso del anatomista francés Jean Méry. Éste formó parte de una discusión que tuvo lugar en la Academia de Francia en torno a la circulación de la sangre en el feto. Sin entrar en detalles sobre la discusión misma, Jean Méry utilizó tortugas y una serie de fetos monstruosos para probar su teoría. Por ejemplo, el cadáver de unas gemelas siamesas en 1692 le sirvió para probar el lugar en el que se producía la respiración fetal, asimismo en ese mismo año y gracias a dos fetos monstruosos pudo probar que el fluido sanguíneo del feto se producía desde la vena pulmonar a la vena cava. Y el 3 de Diciembre de ese mismo año pudo por fin probar, y gracias a la disección de otros fetos monstruosos, la inexistencia de la válvula en el foramen oval que tanto problema había causado en el debate sobre la circulación de la sangre en los fetos.

Aunque el caso de Méry es un buen ejemplo para explicar el uso de los monstruos como evidencia, éstos no solo fueron usados para explicar el sistema de circulación fetal, también se propusieron numerosas teorías en torno a la nutrición del feto. Asimismo, muchas comunicaciones teratológicas publicadas en la Academia de las Ciencias durante las primeras décadas del siglo XVIII sirvieron para probar la imposibilidad de la superfetación, o para determinar cómo se producía la circulación entre la madre y el hijo, o para distinguir las diferentes partes de la placenta o el corion, etc. 
 
En defintiva, el monstruo no solo fue estudiado por lo que que era, sino que también fue estudiado con el fin de explicar lo normal. Se convirtió de esta manera, en la excepción que confirmaba la regla. 

Fuente:

Moscoso, Javier: "Monsters as Evidence: The Uses of the Abnormal Body During the Early Eighteenth Century" en Journal of the History of Biology, nº31, p.355-382. 1998.

6 de noviembre de 2013

La imaginación materna en el siglo XVIII. La discusión entre Blodel y Turner.

Los monstruos con excesivo pelo (hirtusismo) siempre eran explicados como efectos del poder de la imaginación materna. Imagen extraída de la obra de Ambroise Paré, Monstruos y prodigios. 

La imaginación maternal, o la creencia según la cual la imaginación o los deseos de la madre pueden considerarse responsables de ciertas modificaciones o alteraciones del desarrollo natural del feto, no surgió ni mucho menos en la modernidad. Tanto Aristóteles como Hipócrates ya la habían mencionado para explicar las marcas de nacimiento —los antojos no satisfechos— así como las generaciones monstruosas. Fue también en esa vena de explicación patológica en la que la misma idea perduró durante toda la Edad Media y fue recogida en los grandes tratados teratológicos del Renacimiento hasta su abandono provisional por la élite científica en la llamada «Revolución embriológica» del siglo XVII. 

No obstante, durante el Medioevo y el Renacimientoñ la cuestión de la imaginación no fue más que una sucesión interminable de testimonios que, se fueron reflejando en tratados de historia civil o en compendios de filosofía o de historia natural. Desde las enciclopedias medievales hasta los grandes tratados teratológicos de los siglos XVI y XVII, la discusión de la imaginación material en la producción de rasgos aberrantes nunca adquirió un carácter sistemático, sino que se limitó a servir como explicación retrospectiva del nacimiento de algunos monstruos o de la producción de ciertas marcas de nacimiento. 

A principios del siglo XVIII, sin embargo, la imaginación se convirtió en una causa tan popular de los monstruos que otras causas como la divina o lo demoniaco habían empezado a desaparecer a medida que Europa se hacía laica, asimismo las otras explicaciones procedían de asunciones embriológicas de Galeno y Aristóteles que estaban cada vez más desacreditadas. La doctrina sobre la influencia prenatal estaba tan bien establecida a principios del siglo XVIII que casi había desechado las otras explicaciones y se había convertido en casi la única explicación para una amplia variedad de anomalías y malformaciones. Hay que entender esto como una tendencia y no como algo absoluto, algunos doctores y escritores médicos aceptaban otras explicaciones para las monstruosidades aunque en algunos casos la tendencia fue la de recurrir a la imaginación.

Uno de los mayores defensores de la teoría de la "influencia materna" fue Daniel Turner quien en 1714 publicó un libro titulado De morbis, donde recogía una serie de casos de seres monstruosos "creados" por efecto de la imaginación. Turner no discutió propiamente ni hechos ni causas, sino que se limitó a establecer conexiones entre diferentes tipos de testimonios. Turner no hablaba de las propiedades de la imaginación ni pretendió formular una teoría general que explicara las deformaciones o marcas de nacimiento. Su narración se limitó a dar cuenta de tales y cuales acontecimientos según testimonios diversos.

Y si bien Turner gozó de cierta popularidad, sucesos tales como lo de Mary Toft (recogido en este mismo blog en Abril de 2013) motivaron a un cuestionamiento sobre la verdadera eficacia de la "influencia materna". El mayor opositor a esta teoría fue James Blondel quien, a raíz del engaño de Mary, escribió The strengh of Imagination in Pregnant Women Examin’d (1727). En él, Blondel negaba el poder de la imaginación negando la existencia de la cadena de intermediarios que vinculaba a la madre con el feto. Para éste no había intercambio de fluidos, humores o espíritus entre la madre y el feto por lo que no había modo de que la imaginación de la madre pudiera ejercer tal poder sobre el feto. El porqué Blondel niega la teoría de la imaginación se entiende cuando vemos que la base de su argumento se encuentra en la teoría de la preexistencia (preformacionismo) que había sido formulado en el último cuarto del siglo  XVII y que en 1720 (fecha de publicación del libro de Blondel) se había convertido en la principal explicación de la reproducción.  Según esta teoría, el feto existía incluso antes de la fecundación  y existía como una miniatura, un ser pre delineado. Por lo tanto, el feto, al ya ser una entidad completamente formada antes de la fecundación, no había una creación de “novo” por los seres humanos. Todos los individuos habían sido ya creados al mismo tiempo. Esto implicaba, por tanto, que la influencia de la madre sobre el feto fuera imposible pues éste había sido creado años atrás.
 
Así pues, las ideas de Turner y Blondel chocaron en un intenso debate que tuvo lugar a principios del siglo XVIII en Inglaterra. En este se pusieron a prueba los diferentes argumentos tanto de uno como otro, para Blondel la lista de testimonios proporcionadas por Turner era totalmente insoportable, para éste, los argumentos proporcionados por Blondel no eran suficientes para probar la no-existencia de un fenómeno avalado por la autoridad y la experiencia. Finalmente en una caracterización ad hominem de la discusión, Blondel entendió que, a todos los efectos, Turner se comportaba, piensaba y razonaba como una mujer. Un insulto que hizo que el debate no se centrara únicamente en el carácter científico, sino que llegara a una cuestión personal por la que Turner tuvo que defenderse. Un debate que terminó, como suele decirse, en "tablas" pues ni uno ni otro fue capaz de renunciar a su razón.

Bibliografía:

Moscoso, Javier: “Los efectos de la imaginación: medicina, ciencia y sociedad en el siglo XVIII” en Asclepio, Vol. 53, Fasc 1, 2001, pp. 141-172. 

Todd, D: Imagining Monsters, miscreation of the self in eighteenth-century England, Chicago, University of Chicago Press, 1995. 

26 de julio de 2013

El arte de observar (II)

Instrumentos para la investigación en las expediciones botánicas del siglo XVIII. Entre ellos dos especialmente importante para esta entrada: microscopio y telescopio, dos elementos fundamentales para la observación.

En la entrada anterior explicaba como la "observatio" emergió en el siglo XVI como un género epistemológico triunfal que alcanzó sus primeros éxitos en el campo de la astronomía y la medicina, pero que luego se extendió al resto de las ciencias. Las características del género epistemológico de las "observationes" eran, primero, un énfasis en eventos particulares, testigos de primera mano por un autor reconocido (en contraste a la acumulación de datos anónimos descritos por Cicerón y Plinio como típicas "observationes"); segundo, un deliberado esfuerzo de separar observación de la conjetura y, tercero, la creación de una comunidad de observadores dispersos en el tiempo y en el espacio que comunicaban y unían sus observaciones en cartas y publicaciones.

A partir de la segunda mitad del siglo XVII, las "observationes" dejan de ser un género epistemológico para convertirse en toda una técnica cognitiva esencial para todas las artes y ciencias que se desarrollarían durante ese siglo y el siguiente. Una técnica que fue innovándone en el hacer, el uso y la conceptualización de la observación con nuevos instrumentos como el telescopio, con nuevas técnicas para cotejar y coordinar la información y, sobre todo, nuevas ideas sobre la relación entre la razón y la experiencia. Es, en este momento, cuando se produce la ruptura definitiva entre "experimenta" y "observationes", en la base de que en la primera se intervenía en el curso de la naturaleza para producir un efecto o estudiar unos efectos que podían o no ocurrir en la naturaleza, mientras que el segundo examinaba la naturaleza tal y como se presentaba -con o sin la ayuda de instrumentos-. Aún así los términos tuvieron un divorcio lento e incluso D'Alembert llegó a decir que ambas formaban un círculo sin salida, la experimentación necesitaba de la observación y viceversa.

Desde finales del siglo XVII,  la técnica de la observación empezó a hacerse muy compleja, con procedimientos especiales y llevada a cabo bajo determinadas circunstancias, del tal manera que se pudiera diferenciar de una observación científica de la que no. A finales del siglo, los observadores científicos debían ejercer un cuidado inusual, a veces un cruce de comprobaciones en grupo. Los observadores científicos de los siglo XVII y XVIII eran conscientes de que desarrollaban nuevas prácticas de percepción erudita, atención, juicio y memoria, y herramientas tales como el cuaderno o la lupa eran imprescindibles. Tres elementos eran fundamentales en la labor de la observación:

1. Régimen de repetitiva observación del mismo objeto.
2. Tomar nota. Sin duda alguna, el tomar nota era algo que viene de antiguo, pero tiene su historia y está ligada al desarrollo de las prácticas de observación de la Edad Moderna. Era importante remarcar, describir y recordar lo observado.  3. Prestar atención. Observar fue principalmente un ejercicio de atención, en el caso de los naturalistas de la Ilustración eran muy puntillosos, magnificada y deliberadamente repetitivo.
4. Síntesis y descripción. El resultado de las prácticas anteriores es una avalancha de detalles descriptivos tanto visual como verbal. Tras observar repetitivamente y tomar nota, y prestar atención, el observador debía unir todo esos fragmentos para realizar un mosaico coherente pero no para reconstituir el objeto observado, sino para crear un objeto general. 
A mitad del siglo XVIII, la observación era era practicada, teorizada y celebrada en casi todas las ciencias. La observación requería tiempo y dedicación de quienes la practicaba de ahí que se convirtiera en todo un modo de vida, criticada, en ocasiones, por muchos moralistas que veían como muchos naturalistas sacrificaban a sus familias y su salud por el régimen de observación. Aún así, no se debe entender al observador como un ser antisocial, pues generalmente mantenía contacto sobre todo por correspondencia, pero sí como un ser solitario. 

Bibliografía (se complementa con la anterior entrada):

Daston, Lorraine: "The empire of observation, 1600-1800", en Daston, Lorraine; Lunbeck, Elizabeth (Eds.): Histories of Scientific observation, Chicago y Londres, University of Chicago Press, 2011. Pp. 81-113.

22 de julio de 2013

El arte de observar (I)

Daniela Bleichmar hace uso del retrato de Celestino Mutis como ejemplo de la principal labor del naturalista: observar. En ella el naturalista gaditano hace uso de unas lentes para observar un espécimen muy importante: la mutisia.

Cuando leí el trabajo de Daniela Bleichmar sobre las expediciones botánicas del siglo XVIII, leí algo que en un principio me parecía muy obvio: el trabajo de naturalista era observar. Hoy día tendemos a considerar obvias cosas que tenemos muy conocidas y muy asimiladas, si el naturalista no observara ¿Cómo iba a conocer, analizar y clasificar la naturaleza? Sin embargo, nos sorprendería saber que la "observatio" hizo su entrada en el mundo de las ciencias en el siglo XVI. Hasta entonces se había dado prioridad a la "experimentia" debido a su vinculación con la tradición aristotélica. En el siglo XVI el concepto de "observatio" seguía teniendo dos significados que nada tendría que ver con la labor del naturalista; el primero, vinculado con la observancia (seguimiento de unas reglas), y el segundo, relacionado con la visión atenta de unos objetos u hechos.

La "observatio" aún no entraría en el léxico hasta el siglo XVII, pero su plural: "observationes" empezó a usarse como género epistemológico primero en la astronomía y la medicina y, posteriormente, se expandiría a las demás ciencias. Las "observationes" era una forma distinta y autónoma de escribir, un reconocido género erudito que se convirtió en un fenómeno comunitario, es decir, que se nutría de las observaciones hechas por todos aquellos que formaron parte de la llama "República de las Letras".  Las "observationes" nacieron y se forjaron dentro de una comunidad, de una red horizontal de intercambio entre eruditos, y estaban dirigidas al objetivo de intercambiar y circular información dentro de una gran comunidad. Las "observationes" nacieron por la necesidad de compartir el conocimiento con una amplia comunidad. 

Un gran ejemplo de las "observationes" como género epistemológico lo encontramos en la obra de Johann Schenk: Observationum medicarum rariorum donde en 7 volúmenes recopiló observaciones tanto anatómicas como médicas realizadas por autores antiguos así como contemporáneos. Y no sólo eso, sino que además incluyó sus propias observaciones y de todos aquellos "colegas" con los que se había carteado entre los que se encontraba Joachim Camerarius o Jean Bahuin. Lo que define a esta obra, y al género en general, era el énfasis en la colección y la circulación de un conocimiento observacional, visto como una empresa conjunta que unía el pasado, presente y futuros miembros de una comunidad.

Bibliografía:

Pomata, Gianna: "Observation rising: birth of an epistemic genre, 1500-1650" en Daston, Lorraine; Lunbeck, Elizabeth (Eds.): Histories of Scientific observation, Chicago y Londres, University of Chicago Press, 2011. Pp. 45-80.