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19 de diciembre de 2015

Ubi Sunt? 26: Teratología


Hace ya bastante tiempo, corría aproximadamente el año 2010, cuando me lancé a la aventura de coordinar el número 26 de la revista de historia Ubi Sunt? que publica la Asociación Cultural y Universitaria del mismo nombre. Estaba en la primera fase de mi tesis doctoral, y casi ni en la primera fase, ya que estaba cursando el Máster de Estudios Hispánicos que daría pie posteriormente a iniciar el doctorado. El caso es que fue una experiencia muy gratificante, que dio como resultado un dossier bastante interesante, en el que podemos encontrar artículos cuyo estudio central son los monstruos, pero de cronología y enfoques diferentes. Asimismo, junto con el trabajo de investigadores ya consagrados como Elena del Río Parra, Arturo Morgado García y Francisco Vázquez, se encuentran trabajos de investigadores noveles, jóvenes que se estaban iniciando en el mundo de la investigación, como Israel Santamaría Canales, Enrique Ruiz o yo misma.

Hoy podéis encontrar dicha revista totalmente digitalizada en la página web de la Asociación: https://revistaubisunt.wordpress.com/revistas/numeros-2011-2015/ubi-sunt-26-teratologia/ por lo que os invito a pasaros por si tenéis interés en el tema. A continuación os dejo el índice del dossier:


DOSSIER: Teratología

Introducción,

por ELENA DEL RÍO PARRA

pp.11-14


Los monstruos en la Antigua Roma: Neonatos e infantes malformados en la urbs por antonomasia del mundo antiguo,

por ISRAEL SANTAMARÍA CANALES

pp.15-23


El Dragón Medieval: La herencia de los mitos de lucha contra serpientes,

por ENRIQUE JOSÉ RUIZ PILARES

pp.24-32


Yōkai en el teatro tradicional japonés: Yamamba y Tsuchigumo como casos paradigmáticos,

por FERNANDO CID LUCAS

pp.33-39


Los monstruos en el Nuevo Mundo,

por Mª ALEJANDRA FLORES DE LA FLOR

pp.40-48


¿Por qué en la Edad Moderna no podía haber transexuales? Cuatro casos de transmutación sexual en España (siglos XVI-XX),

por FRANCISCO VÁZQUEZ GARCÍA

pp.49-58


Animales reales y animales monstruosos en la “cosmographia universalis” de Sebastian Munster,

por ARTURO MORGADO GARCÍA

pp.59-66


Monstruos y prodigios de la era atómica: Una aproximación a la percepción de la radiación a través de la cultura popular estadounidense (1945-1970),

por JOSÉ JOAQUÍN RODRÍGUEZ MORENO

pp.67-77


3 de diciembre de 2015

Monstruos y monstruosidades. Del imaginario fantástico medieval a los X-Men



Suele ser una satisfacción ver en papel un trabajo al que tanto esfuerzo has dedicado; en mi caso tengo el orgullo de haber participado en esta obra colectiva que hoy os traigo. Se trata de un monográfico titulado Monstruos y monstruosidades. Del imaginario fantástico medieval a los X-Men que publica la editorial Sans Soileil y que gira en torno al estudio del monstruo. A continuación os dejo la sinopsis:

Desde los cinocéfalos que moraban en los confines del mundo conocido hasta los fantasiosos superhéroes radioactivos que habitan más allá de la ficción, los monstruos han acompañado al ser humano desde los orígenes del tiempo y han dado forma a un imaginario que ha ido evolucionando al ritmo que marcaba la mentalidad de cada época. Por ello, los pintorescos blemias, los esciápodos o las temibles criaturas del mar que plagaban los libros de viajes y enciclopedias medievales fueron desplazándose según avanzaban los conocimientos geográficos hasta ceder su lugar a monstruos más cotidianos, como los gigantes, enanos o bicéfalos que animaban las cortes europeas. Posteriormente, y gracias al impulso de la ciencia y la antropología decimonónicas, el criminal, el enfermo y el “salvaje” ocuparon el terreno de lo monstruoso, dando lugar a los zoológicos humanos y freaks shows que proliferaron por todo el mundo “civilizado”. Y es que, los monstruos, sea cual fuere su época y condición, siempre han sido el centro de todas las miradas.

Buscando precisamente esta visualidad como hilo conductor, Marta Piñol Lloret ha seleccionado diez artículos escritos por destacados investigadores en la materia a nivel internacional, que tratan de acercarse a la figura del monstruo a través de la percepción que hemos tenido de él a lo largo de la historia. Las ópticas dispares que confluyen en este estudio ofrecen una completa visión de conjunto que no sólo aclara qué y cómo es aquello que denominamos monstruoso, sino que, por oposición a la diferencia, nos habla también de lo que somos nosotros mismos y, muy especialmente, nos enfrenta a nuestros miedos.

Y aquí tenéis el índice:

Presentación

    Ser para ser vistos. La dimensión visual de los monstruos, Marta Piñol Lloret

Estudios

Las razas monstruosas como fenómeno fronterizo en la tradición literaria y visual medieval occidental: la leyenda de los cinocéfalos, José Julio García Arranz

La representación gráfica de los monstruos y seres fabulosos en el Nuevo Mundo (Siglos XVI-XVIII), Alfredo Bueno Jiménez

Enciclopedias de monstruos y prodigios: una aproximación al libro de viajes de John Mandeville como catálogo de las maravillas del mundo a fines de la Edad Media, Pablo Castro  Hernández

Mare Monstrum. La impenetrabilidad del mar y los arquetipos de los monstruos marinos, Alberto Baldi

La exhibición de “seres deformes” (monstruos) en España durante la Edad Moderna, Mª Alejandra Flores de la Flor

El eje taxonómico de la fatalidad: entre las series de monstruos y los monstruos en serie, Elena del Río Parra

Engendros humanos: la importancia del retrato científico del siglo XIX en la configuración iconográfica del monstruo moderno, Ricardo Guixà Frutos

El efecto monstruoso: el axolote como analogía identitaria del mexicano del siglo XX, Cecilia Eudave

Las monstruosidades del collage: hacia una teratología del arte del siglo XX, Renato Bermúdez
Hijos del átomo: la mutación como génesis del monstruo contemporáneo. El caso de Hulk y los X-Men en Marvel Comics (1961-1964), José Joaquín Rodríguez Moreno


Para mí ha sido un verdadero lujo que mi trabajo se encuentre entre los de otros investigadores cuyos trabajos han sido fundamentales para mi tesis, como Elena del Río Parra o José Julio García Arranz.

Si alguien está interesado en este monográfico puede adquirirlo en la página de la editorial: http://www.sanssoleil.es/tienda/monstruos-y-monstruosidades-del-imaginario-fantastico-medieval-a-los-x-men/

14 de febrero de 2015

El síndrome del hombre lobo

La familia lobo mexicana

En julio de 2014 el portal de noticias BBC Mundo publicaba una noticia con el siguiente título: "La dura vida de la familia lobo de México". En ella se cuenta la vida llena de vejaciones y marginación de la familia Aceves en su población natal de Loreto en Zacatecas (México), dado que varios miembros de la misma sufren lo que se conoce como el síndrome del hombre lobo o hipertricosis, que es una enfermedad que se caracteriza por la existencia de un vello excesivo. Por regla general, quienes lo padecen están cubiertos completamente, a excepción de las palmas de las manos y de los pies, por un vello lanugo largo y negro que puede llegar hasta los 25 centímetros. 

Con independencia de lo fascinante que pueda ser este síndrome en el campo de la medicina, lo que verdaderamente me interesó a mí en este artículo, después de haberlo leído, fue la manera en la que, según la familia, eran tratados algunos de sus miembros por parte de sus vecinos. Especialmente captó mi atención el testimonio de Karla quien, según contaba, había sufrido insultos desde niña y había tenido que soportar que la llamaran "niña lobo" o que le insinuaran que debía de vivir en los montes pues es el lugar que le correspondía a los animales como ella. A todo este drama se añadía además el de la imposibilidad de la integración social y laboral, ya que tanto Karla como su tía, las principales sustentadoras de la familia, habían sido despedidas del trabajo.

Uno de los aspectos más interesante del estudio teratológico, al menos bajo mi punto de vista, es que te permite hacer una especie de estudio comparativo, mediante el cual extraer una serie de conclusiones relativas a la evolución del ser humano con respecto a lo que, en el periodo moderno, se llamaban monstruosidades y que hoy conocemos bajo el concepto de anomalías congénitas, en las que se incluyen tanto el síndrome que acabamos de describir como malformaciones físicas más o menos graves o discapacidades mentales. A veces, las conclusiones a las que se llega tras dicho estudio pueden ser realmente decepcionantes al descubrir que, en lo que respecta a lo "raro", lo "desconocido", lo "extraordinario", nuestra manera de reaccionar no es muy distinta a la de nuestros antepasados. Sigamos con el ejemplo de la familia Aceves. Llama la atención que la única alternativa de vida que le quede al patriarca, Jesús, sea la de trabajar en ferias y circos donde, él mismo admite, son los únicos lugares en los que puede ser feliz. Mi pregunta es, por tanto ¿En que se diferencia el estilo de vida de Jesús con el que tuvo Pedro Gonzales? A excepción de que entre uno y otro han pasado casi 500 años y de que hoy conocemos científicamente qué es el síndrome del hombre lobo, el resto es lo mismo.

Pedro Gonzales nació en las Islas Canarias en 1556, en un momento en el que los rumores sobre la existencia de hombres salvajes en la zona estaban muy extendidos. El descubrimiento de Pedro, una criatura salvaje y llena de pelo, causó una verdadera sensación y lejos de ser asesinado fue llevado a París por orden expresa del rey francés Enrique II (1519-1559), quien quería estudiar este prodigio de cerca. Muchos eruditos de la época oyeron de la existencia de este salvaje en la corte francesa, entre ellos el médico, filósofo, botánico y humanista italiano Julio César Escalígero (1484-155) -en latín Julius Caesar Scaliger- quien llamó al muchacho "Barbet" en referencia a una raza canina que popularmente conocemos como perros de agua. También el naturalista boloñés Ulises Aldrovandi (1522-1605) tuvo constancia de dicho prodigio.

Retrato de Pedro Gonzales, autor desconido, 1580. Kunsthistorisches Museum, Viena, Paintings Gallery.

La vida de Gonzales fue radicalmente distinta a la que tienen la familia Aceves. El rey francés ordenó que le enseñaran latín y que le proporcionaran una buena educación con el mero objetivo de saber si este "hombre salvaje" era educable. A cambio, Gonzales debía permanecer en la corte francesa como curiosidad y para saber si hacía algún progreso. Tras la muerte del rey, sus sucesores decidieron cumplir con el acuerdo que este había hecho y mantuvieron a Petrus en la corte, donde fue visitado por multitud de príncipes y nobles quienes se mostraban asombrados de su buena educación y maneras.

En 1573 Petrus Gonzales obtuvo el permiso de casarse con una muchacha francesa, si bien no sabemos si fue por amor o por otro motivo, lo cierto es que el matrimonio se mantuvo unido por bastante tiempo y llegó a tener 4 hijos los cuales heredaron dicho síndrome. La familia, entonces, se convirtió en un fenómeno maravilloso digno de admirar, hasta el punto de que adquirió el dudoso honor de ser la gran curiosidad de Europa. Debido a la fascinación que provocaron en muchos nobles y príncipes, en 1581 la familia inició un tour europeo que los llevó a Flandes donde fueron admirados por Margarita de Parma; Munich donde fueron retratados por orden expresa del Duque Alberto IV de Bavaria, si bien los retratos terminarían colgando de las paredes de la Kunstkammer del emperador Rodolfo II; Basilea donde fueron examinados por el médico suizo Felix Plater (1536-1614) cuyas observaciones fueron publicadas en su Observationes (1614); e Italia donde fueron examinados por el ya mencionado Ulises Aldrovandi quien centró su atención especialmente en las dos hijas cuyos retratos mandó a grabar para su Monstrorum historia (1642), además de dos grabados que representa a Petrus y uno de sus hijos.

Una de las niñas Gonzales en Aldrovandi, Ulises: Mostrorum historia, Bolonia, Hieronimus Tamburinus, 1642.

A pesar de la popularidad de la familia Gonzales, poco se sabe del destino que tuvieron sus miembros pues interesaban más como curiosidad que como seres humanos y no queda rastro alguno de cómo fue sus vidas con independencia de un puñado de retratos que han llegado a nuestros días.

Se dicen que las comparaciones son odiosas, pero también son inevitables. Los Aceves y los Gonzales son dos familias a quienes les distancia 500 años, pero a quienes les une un síndrome que les llevó a ser visto como extraordinarios y ser tratados como bichos raros que no encajan en la sociedad. Mientras los Gonzales se convirtieron en celebrities de la época, yendo de un país a otro, dejándose ser examinados y retratados. Llevando, al fin y al cabo, una vida "digna" dentro de los cánones de la época. Los Aceves son insultados, marginados y matratados por unos vecino que, pese a saber que no son salvajes, los tratan como tales. Esto me lleva a pensar que puede que hoy la medicina esté muy avanzada, pero la mentalidad humana sigue anclada en la Edad Moderna. 

Fuente: 

Artículo: www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/07/140711_mexico_familia_lobo_msd.shtml?ocid=socialflow_facebook

Sobre Pedro Gonzalez: Bondeson, Jan: The Two-Headed Boy, and Other Medical Marvels. Cornell University Pres, 2000. pp. 7-12. 






26 de julio de 2014

El cambio de sexo en la Edad Moderna


Catalina de Erauso, o la monja alférez, protagonista de uno de los casos más famosos de transmutación sexual de la Edad Moderna.

En el siglo XVIII se publicaba una relación de suceso -panfleto de dos o tres folios que cumplía una misión similar a los periódicos de hoy día- en que se daba cuenta de un extraordinario suceso: el cambio de sexo de una monja. Dicha relación reproducía la carta que el padre prior de la orden de Santo Domingo de la ciudad de Úbeda envió al Abad mayor de Juan Salvador, en la que le informaba del caso de María Múñoz. Esta era una mujer que había sido recluida en un convento por parte de su padre, quien carecía del dinero necesario para dotarla. Desde un principio, los rasgos de María se consideraron muy varoniles pues "echava mano a una espada, y disparava un arcabuz, y otras cosas...", hasta el punto de que un grupo de hombres comunicaron a otras monjas su sorpresa de que admitieran varones en el convento. Este hecho hizo que María fuera puesta en examen. Sin embargo, se concluyó que era mujer. Al poco tiempo, la pobre María le escribió una carta a un tal Fray Agustín, para que leyera en confesión algo que le había pasado, y  que reproduzco literalmente: "Que ocho, o nueve días antes avian traido al Convento una partida de cien fanegas de Trigo, lo avia medido, y traspalado todo en una tarde, de el qual exercicio sintió un gran dolor entre las dos ingles, y que se le avia hinchado, y entendiendose avia quebrado con la fuerça, se afligió mucho, y no se atreviò a decirlo [...],y q al cabo de tres dias se avia resuelto la hinchazon, y le avia salido naturaleza de hombre." El fraile, sorprendido por la confesión de la monja, le pidió que le enseñara su "naturaleza" y pudo comprobar que era "tan hombre como el que mas". Tras esto, María fue encerrada en una celda y, tras otro examen por parte del prior de Baeza, se confirmó que, efectivamente, era un hombre. El fraile le contó lo acontecido al padre, quien no dudó en sacar a María -o Mario- del convento: "El padre está muy contento, porque es hombre rico, y no tenía heredero, y agora se halla con un hijo muy hombre, y que se puede casar, ella tambien va contenta, porque despues de doze años de carcel sabe muy bien la libertad...." La felicidad tanto del padre como de María se explica porque el cambio que esta experimentó no fue solo biológico, sino también social. El pasar de mujer a hombre suponía una promoción en la escala de valores de la sociedad moderna. Ya no tenía por qué estar recluida en el convento porque ahora iba a ser la heredera de su padre.

Esta historia que puede ser considerada fabulosa por los lectores, no era más que un hecho común en la Edad Moderna. Es más, la transmutación sexual era tan ampliamente aceptada que los tratadistas y relaciones de sucesos recogían múltiples casos de cambios de sexo. Entre los más famosos cabría destacar el de Elena de Céspedes, Catalina de Erauso o María Pacheco. Muchos de estos se daban en los conventos y eran tan frecuentes, que el canon jurídico tuvo incluso que actualizarse promulgando leyes destinadas a reglamentar el estatuto religioso y social del transexual. Martín Navarro de Azpulcuta en su Código de derecho teológico, daba una serie de reglas canónicas para los diferentes casos que se presentaron en conventos o en el ejército, indicando que le estaba prohibido ejercer ambas profesiones sin permiso del Papa o del Rey. 

Pero ¿cómo se explica que se aceptara tan abiertamente los casos de cambio de sexo? La respuesta hay que buscarla en el predominio de la teoría hipocrático-galena de un único sexo. Este modelo unisexual describía a la mujer con los mismos órganos sexuales que el hombre, la diferencia residía en su posición. O mejor explicado, los órganos sexuales tanto femeninos como masculinos se consideraban completamente iguales con la única diferencia de que el primero estaba dentro y, el segundo, fuera. Este hecho estaba relacionado con la temperatura, la falta de calor y la humedad de la mujer explicaba por qué el órgano sexual femenino estaba dentro del cuerpo. El modelo unisexual y la teoría humoral de exceso o falta de calor, estuvieron fuertemente arraigados en el pensamiento médico de la época, tal y como lo demuestran las palabras del médico Juan Huarte de San Juan (1529-1588): 

"Y es que el hombre (aunque no parece de la compostura que veemos) no diffiere de la mujer (Segun dice Galeno) mas que en tener los miembros genitales fuera del cuerpo. Porque si hazemos anatomia de una donzella, hallaremos que tiene dentro de si, dos testiculos, dos vasos seminarios, y el utero, con la misma compostura que el miembro viril, sin faltarle ninguna deligneación [...] Y de tal manera es esto verdad, que si acavando naturaleza de fabricar un hombre perfecto, le quisiesse convertir en muger, no tenia otro trabajo, mas que tomarla a dentro los intrumentos de la generacion. Y si hecha muger, quisiesse volverla en varón, con arrojarle el utero, y los testiculos fuera, no avia mas que hacer [...] Y que se ayan buelto mugeres en hombre despues de nacidas, ya no se espanta el vulgo de oyrlo, porque fuera de lo que cuentan por verdad muchos antiguos, es cosa que a acontencido en España muy pocos años a: y lo que muestra la esperiencia, no admite disputas ni argumentos"

En este sentido, no se consideraba extraño que un cambio de temperatura, o bien un esfuerzo extraordinario -como el que se da durante el parto- pudiera provocar una transmutación sexual. También podía pensarse que la intervención divina hubiera jugado un papel esencial en algunos casos, como el de las Santa Paula de Ávila o Santa Wilgerfortis (cuya historia podéis encontrar aquí: http://www.catandur.com/2010/11/santa-liberata-barbuda.html). No obstante, hay que tener en cuenta también otro elemento igualmente importante, y es que no todos los cambios de sexo implicaban un cambio "físico". En la Edad Moderna, las diferencias de género no estaban basadas en diferencias puramente biológicas, pues ser un hombre o una mujer dependía más de los atributos sociales que de la biología. Petenecer a un sexo u otro era como pertenecer a un estado social, por lo que bastaba con cambiar esos atrobutos sociales para cambiar de sexo.

A partir del siglo XVIII, y aunque se siguieran difundiendo historias de cambios de sexo como la ya vista, la situación cambió, al menos desde una perspectiva médica. La transmutación sexual fue poco a poco quedando totalmente descartada con el triunfo del llamado "biologismo dicotómico". Según éste, los órganos masculinos y femeninos eran diferentes. Una visión dicotómica de los sexos la encontramos de forma clara en Martín Martínez y en su descripción de ambos miembros en Noches anatómicas (1750), en la que aún asemejando ciertas partes del órgano femenino con el masculino –"Tienen las mugeres dos testiculos, a quienes los Modernos llaman ovarios"–, en ningún momento los considera iguales o con el mismo funcionamiento. Ambos son tratados de forma diferente, se detallan sus partes y qué función realizan. Lo mismo ocurre en Anatomía completa del hombre donde hace mención de la  "Fabula vulgar de la mutación de sexos". En su explicación del clítoris, este admite que podía crecer tanto que en ocasiones las mujeres "abusaban" del mismo para tener relaciones con otras, pues podía endurecerse de manera similar al miembro viril. Este hecho había dado ocasión al "vulgo" para creer las fábulas de mujeres convertidas en hombres, así como las de hombres transformados en mujeres.  

Bibliografía:

Relación verdadera de una carta que envió el padre Prior de la orden de Santo Domingo, de la ciudad de úbeda, al Abad mayor de Juan Salvador digno de ser avisado, como estuvo doce años una monja profesa, la cual había metido su padre por ser cerrada y no ser casada, y un dia haciendo un ejercicio de fuerza se le rompió una tela por donde le salió la naturaleza de hombre como los demás…por Francisco de Lyra en la calle de las armas en el callejo de los Ingleses.

Cleminson, Richard, y Vázquez García, Francisco: Hermaphroditism. Medical science and sexual identity in Spain 1850-1960, Cardiff, University of Wale Press, 2009.


26 de mayo de 2014

El polífago Tararre

Nicholas Wood, polífago inglés, comiéndose un pato vivo

La polifagia, o el deseo excesivo de comer, es algo que llamó mucho la atención en el periodo moderno (aunque me atrevería a decir que sigue llamando la atención, sino no se explica el éxito de programas como "Man vs Food"). La gente sentía verdadera fascinación por aquellas personas que podían comer prácticamente de todo sin sentirse saciados. Por una extraña razón, los polífagos más famosos del periodo moderno fueron franceses: Charles Domery, Antoine Langulet o Tararre (aunque la imagen que ilustra esta entrada es la de un polífago inglés: Nicholas Wood, ya que no he encontrado ninguna ilustración de los otros tres). Todos ellos compartían ciertas características además de su nacionalidad: ninguno de ellos fueron considerados "locos" por sus contemporáneos -a pesar de sus incontrolables apetitos-, todos ellos tenían una peculiar preferencia por la carne cruda, su glotonería les llevaba a devorar con entusiasmo comidas realmente repugnantes, todos ellos sudaban abundantemente, favoreciendo un olor nauseante y ninguno de ellos pareció engordar de manera excesiva a pesar de lo mucho que comían. Se desconoce si estos tres franceses padecían algún tipo de enfermedad psicológica, pues no se han hecho estudios sobre ello, aunque no cabe duda de que estas características muestran que algo tenían en común. De los tres, la historia que más me ha fascinado es la de Tararre y por ello os la traigo al blog.

Tararre fue el glotón más conocido de su tiempo. Se desconoce si Tararre era su nombre real o un seudónimo, pues se sabe que la expresión "¡Bom-bom tarare!" se usaba para describir explosiones o fanfarrias, y se ha especulado que quizás este seudónimo hiciera referencia a sus estruendosas flatulencias. Sí se sabe que nació en Francia, en una villa campestre a las afueras de Lyon. Desde niño mostró un enorme apetito, hasta el punto de que sus padres lo echaron de casa durante su adolescencia ante la imposibilidad de alimentar tal "monstruo". Durante años estuvo vagando por Francia junto con ladrones, prostitutas y vagabundos y fue empleado como payaso. En su espectáculo, Tararre tragaba piedras, corchos, animales vivos, lo que atrajo la atención del público. En 1788 se trasladó a París donde ahorró algo de dinero con representaciones en la calle, engullendo todo tipo de cosas. Una vez, tras sufrir una obstrucción intestinal, fue trasladado al hospital donde le fue administrado un potente purgativo que tuvo el efecto deseado. Lejos de cogerle miedo a eso de engullir todo lo que se le ponía por delante, hizo una pequeña demostración al doctor que le atendió engulliéndole su reloj con el fin de demostrar su "talento".

Durante la Revolución Francesa, Tararre decidió alistarse como soldado, pero la dieta que le proporcionaba el ejército era del todo insuficiente para él, por lo que fue llevado al hospital en un estado total de agotamiento. Allí se le empezó a dar una ración cuatro veces mayor que la ración normal del ejército, y esto atrajo a los doctores del hospital militar. Le practicaron una serie de experimentos psicológicos de mano de M. Courville, cirujando del regimiento de Hussars, y el profesor Percy, cirujano en jefe del hospital. Durante meses se le hicieron todo tipo de tests en los que Tararre comió prácticamente de todo. En uno de ellos se le hizo comer una caja con unos papeles dentro, al cabo de unas pocas horas Tararre "expulsó" la caja de madera con los papeles prácticamente intactos, por lo que el Dr. Courville pensó que bien podía ser útil como espía en la guerra contra el enemigo. El objetivo de este, por tanto, era robar documentos secretos del enemigo, meterlos en una caja de madera y después engullirla para pasarlos de un lado a otro sin que nadie le pudiera pillar. 

La idea de Dr. Courville fue muy bien recibida y Tararre fue empleado como espía por el ejército francés. Su primera tarea fue el de enviar una carta secreta al coronel francés cautivo de mano de los prusianos en la frontera cerca de Neustadt (Alemania). No obstante, no todo confiaban en la habilidad mental de Tararre, y el General Beauharnais no quiso confiarle documentos de importancia aunque le hizo creer que lo que llevaba eran papeles de gran importancia. Lo cierto es que la carrera como espía del glotón francés fue breve y desastrosa, ya que fue interceptado por los prusianos. Después de varias horas de tortura, lo confesó todo y fue obligado a tomar un laxativo que le hizo expulsar la caja de madera. Fue una gran decepción para estos ver que lo único que contenía la caja eran papeles sin importancia. Tras esto, Tararre regresó al hospital y le pidió al profesor Percy que lo curara de su glotonería. 

Al cabo del tiempo, a pesar de los esfuerzos del profesor, la glotonería de Tararre no pudo curarse y, tras la desaparición de un niño de catorce meses, este fue considerado sospechoso del hecho y ni siquiera los doctores pudieron ayudarle. Cuatro años después de esto, el profesor Percy fue informado por un amigo suyo que Tararre había sido ingresado en el hospital de Versailles en unas condiciones realmente lamentables. Al parecer, el glotón quería que el profesor lo examinara, ya que estaba convencido de tener un tenedor de oro en el estómago que había engullido hacía tiempo y que no había podido expulsar. Lo cierto es que Tararre sufría de tuberculosis y precisamente de eso se murió. La autopsia demostró que sus intestinos estaban podridos y llenos de pus y que el estómago era verdaderamente enorme. Tararre murió solo y siendo un objeto de curiosidad.

Fuente:
  
Bondeson, Jan: The two-headed boy and other medical marvels, Cornell University Press, 2000. 

23 de abril de 2014

Los Patagones en la "Cosmographie Universelle" de Guillaume le Testu (1555).

Portada  Cosmographie Universelle

Guillaume le Testu (1509-1573) fue un marino, corsario, explorador y cartógrafo francés. Se le conoce por haber explorado el litoral brasileño en 1551 y cartografíado la bahía de Guanabara, en la desembocadura del futuro Río de Janeiro. Su vida fue bastante movidita, pues fue encarcelado durante las guerras de reiligión siendo liberado por Carlos IX, se unió a Francis Drake con quien realizó algún que otro ataque, concretamente participó en el ataque a un convoy de plata español en Nombre de Dios (Panamá). Finalmente fue herido y hecho prisionero por los españoles que le ajusticiaron poco después. 

A pesar de que su vida fue bastante excitante, no es eso lo que nos interesa de le Testu en esta entrada. Lo realmente interesante para nosotros fue su obra Cosmographie Universelle (1555), un atlas que el autor dedicó al almirante francés Gaspard de Coligny. Los mapas contenidos en ella abundan en maravillas marítimas, asimismo contiene todo un bestiario fabuloso en las áreas de la costa donde encontramos humanos monstruosos como acéfalos, amazonas y los famosos gigantes patagónicos. Todo esto se inscribe rigurosamente en la tradición de los mapamundi medievales, en el que las maravillas no solo eran un "adorno" obligatorio, sino que además era un impulso a los navegantes y conquistadores para ver más.

Los patagones en la Cosmographie Universelle aparecen hasta en tres ocasiones. La primera de ellas en el mapa dedicado a "La terre du su" (a las tierras del sur). En él podemos ver a un patagón sentado justamente en lo que es la Patagonia, al sur del Río de la Plata y al norte del Estrecho de Magallanes. Abajo podemos leer "Royaume de Gyganton". Va vestido con un pequeño faldón, y lleva un escudo y una maza. 

Folio 40b

La segunda representación la encontramos inmediatamente después, en un mapa dedicado a la costa atlántica del sur de suramerica. De nuevo vemos localizados a los patagones en la zona del Estrecho de Magallanes, en una zona llamada "Regne de Giganton". En esta ocasión están vestidos con faldas de plumas (algo realmente común cuando se representa al indígena americano, aunque no coincidiera para nada con la realidad), y parece que están enfrentándose a un duelo. La leyenda que acompaña a este mapa dice lo siguiente:"Environ le Royaumme de Giganton sont hommes ayant dix et douze coudées de hauteur, et ne parlent que par siffler" (Algo así como que en el Royaumme de Giganton habitan hombres de diez y doce codos de altura, y que no hablan sino que silban). 


Folio 43


La última representación la encontramos en un mapa dedicado a las tierras de Brasil. De nuevo los patagones están al sur del Río de la Plata, aunque no lo parezca por la orientación en sí del mapa. Pero en la esquina superior de la derecha se puede apreciar. Son dos, y uno parece estar luchando con un dragón color azul. 


Folio 44

Fuente:

Le Testu, Guillaume: Cosmographie universelle, selon les navigateurs tant anciens que modernes / par Guillaume Le Testu, pillotte en la mer du Ponent, de la ville francoyse de Grâce, 1555. En Service historique de la Défense. Consulta online en:  http://gallica.bnf.fr/ark:/12148/btv1b8447838j/f1.planchecontact 

LESTRINGANT, Frank: "Le Patagones de la carte (1520-1620)", en Patagonie. Images du bout du monde, París, Musée du quai Branly, 2012, pp. 14-27.

24 de enero de 2014

Si Rodolfo II de Alemania hubiera conocido a Pedro I de Rusia...


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Rodolfo II




... hubieran sido amigos si nos atenemos a las aficiones de ambos monarcas pues parecieron mostrar interés por el coleccionismo.

Rodolfo II, emperador del Sacro Imperio Romano Germano (1576-1612), quizás no haya pasado a la historia por sus dotes a la hora de gobernar, siempre melancólico, pero si que se le recordará por ser uno de los mayores coleccionistas de Europa. Una afición que le llevó a crear una verdadera Kunstkammer, un microcosmos donde albelgar los conocimientos del mundo. Un lugar donde se podía encontrar leones, guepardos, rinocerontes, piezas de artes, curiosidades de la naturaleza, etc. Pero también prodigios. El emperador mostró especial atención a los animales albinos, considerados como seres milagrosos, tales como un cuervo, una urraca y un ciervo albinos que provocar la admiración de los visitantes a la colección. Asimismo, poseía deformidades de la naturaleza tales como una pata de un gavilán con doce dedos, la piel de un cervato de dos cabezas, una codorniz con tres patas, un gusano de cuya cola brotaba una rama, etc. En los casos que no podía obtener prodigios reales, vivos o embalsamados, Rodolfo los hacia dibujar para que su colección fuera lo más completa posible. Entre las más notables representaciones se contaba el retrato de Pedro González y sus hijos. Éste, que había nacido en Canarias en 15444, sufría de hirsutismo -crecimiento anormal del vello por todo el cuerpo- y era considerado como una "maravillosa obra de la naturaleza". Como tal fue llevado a la corte francesa de Enrique II donde recibió una amplia educación, tras la muerte del monarca se marchó a los Países Bajos donde se casó y tuvo cuatro hijos, tres de los cuales heredaron su condición. Debido a ellos, la familia llegó a ser una celebridad internacional y fueron retratados en innumerables ocasiones por varios artistas de coleccionistas principescos. En todos los retratos aparecían como miembros de la nobleza pero con caras peludas como la de los animales. La niña en especial tenía el aspecto de un lindo gatito engalanado con ropas humanas. 

Lavinia González retratada por Lavinia Fontana,  1590


Pedro I, zar de Rusia (1682-1725), llevó su hobbie un poquito más lejos. En 1690 fundó un gabinete de monstruosidades en la principal farmacia de Moscú y no contento con ello estableció, mediante dos órdenes en los años 1704 y 1718, que cualquier niño nacido monstruoso fuera entregado a los pastores de la comunidad para que los enviasen al gabinete de Moscú o al de San petersburgo. Una orden que no sólo establecía severos castigos a aquellos quienes escondían a los seres monstruosos, sino que además ofrecía recompensas a aquellos que los enviaba, por ejemplo, se pagaba de tres a diez rublos por cadáveres animales o humanos y más de cien por monstruos humanos vivos. Hasta 1740, cuando la práctica parecía haber quedado en el olvido, al menos cien niños y adultos fueron transportados a St. Petersburgo: gigantes, enanos, hidrocéfalos y hermafroditas. Un ejemplo fueron Foma Ignatje -enano- y Bourgeois- gigante- que fueron transportados a uno de los gabinetes y si bien no estaban obligados a permanecer cerca, si que debían estar presente cuando el zar así lo deseara. Una vez muertos pasaron a formar parte de la colección sin más. Una situación cruel que no pasó desapercibida pues un diplomático alemán, Friedrich Wilhel von Bergholz, denunció el triste final de un monstruo que carecía de órganos sexuales externos, teniendo en su lugar un tumor con una apertura en el medio por donde expulsaba la orina. Esta persona había sido "importada" desde Siberia y su deseo de volver a casa fue rechazado a pesar de que estaba dispuesto a pagar cien libras por su libertad. Sin duda alguna, a Pedro I le tentaba más el poder del asombro que del dinero.  

File:Peter de Grote.jpg
Pedro I, "el grande". 

Fuente: 

Belozerskaya, Marina: La jirafa de los Medicis: y otros relatos sobre los animales exóticos y el poder, Barcelona, Ed. Gedisa, 2008.  

Hagner, Michael: "Enlightened Monsters", en The sciences in Enlightened Europe. Ed. William Clark, Jan Golinski, and Simon Schaffer, University of Chicago Press, 1999. 

1 de diciembre de 2013

El Monstruo como evidencia de la investigación anatómica.

Jean Méry.

Los monstruos siempre han despertado el interés de médicos y anatomistas mucho antes que de que se produjeran los primeros debates en las grandes academias y sociedades europeas. Un claro ejemplo podemos verlo en el cirujano francés Ambroise Paré quien en el siglo XVI escribió la que se convertiría en una de los obras clásicas de la teratología: Des monstres et des prodiges (1573), así como en la obra del médico español del siglo XVIII José Rivilla Bonet y Pueyo: Desvios de la naturaleza o Tratado de el origen de los monstros.... No obstante, y a pesar de este interés previo, el gran boom se producirá a finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII, cuando la anatomía, la disección humana empiece a despuntar y cuando las Sociedades y la Academias europeas empiecen a debatir temas tan espinosos como el de la generación humana.

La visión que se tiene del monstruo en el siglo XVIII es relativamente distinta a la que se tiene en épocas anteriores. Dentro del mundo de la medicina y, en concreto, de la investigación anatómica, el monstruo dejó de ser visto como algo raro, de hecho, la proliferación de monstruos a lo largo de la centuria hizo que se convirtiera en algo muy común. Esta proliferación se debió a que el monstruo era algo que se producía por desviaciones accidentales de la estructura normal, y el número de monstruos eran tan numerosos como el número de desviaciones. Asimismo, con el desarrollo de la disección humana, lo monstruoso no solo estaba en el aspecto físico exterior del ser humano, sino también en el interior. El incremento de seres deformes fue tal que hasta la propia Academia de las Ciencias de Francia se vio obligada a establecer una tipología implícita de monstruos en la que se dejaba a un lado aquellos que se caracterizaban por el exceso, falta o trasposición de partes para dejar paso a aquellos que se consideraban "únicos". Es más, se llegó a dividir a los monstruos en dos tipos, aquellos que mostraban una conformación extraordinaria aunque ya conocida por lo que no requería investigación, y aquellos que eran monstruosos no solo con respecto a lo que se consideraba normal sino también con respecto al resto de los casos anormales.

La proliferación de seres monstruosos hizo que el valor de los mismos no residera en su carácter único, pues ya no lo eran. El monstruo se convirtió en algo valioso porque servía en las investigaciones anatómicas y fisiológicas, y era tratado como cualquier otro procedimiento experimental.  Esta es la razón por la que las comunicaciones teratológicas de academias y sociedades europeas reflejaron la misma narrativa que rodeaba otras prácticas experimentales. Había varias razones por las que el monstruo se convirtió en modelo de investigaciones anatómicas: en primer lugar, carecía de los problemas éticos y pragmáticos que rodeaban las disecciones humanas; en segundo lugar, era visto como experimento de la naturaleza, y por último, podía ser usado como evidencia en el estudio de la anatomía humana.

Teniendo en cuenta este cambio en la visión del monstruo, resulta interesante el caso del anatomista francés Jean Méry. Éste formó parte de una discusión que tuvo lugar en la Academia de Francia en torno a la circulación de la sangre en el feto. Sin entrar en detalles sobre la discusión misma, Jean Méry utilizó tortugas y una serie de fetos monstruosos para probar su teoría. Por ejemplo, el cadáver de unas gemelas siamesas en 1692 le sirvió para probar el lugar en el que se producía la respiración fetal, asimismo en ese mismo año y gracias a dos fetos monstruosos pudo probar que el fluido sanguíneo del feto se producía desde la vena pulmonar a la vena cava. Y el 3 de Diciembre de ese mismo año pudo por fin probar, y gracias a la disección de otros fetos monstruosos, la inexistencia de la válvula en el foramen oval que tanto problema había causado en el debate sobre la circulación de la sangre en los fetos.

Aunque el caso de Méry es un buen ejemplo para explicar el uso de los monstruos como evidencia, éstos no solo fueron usados para explicar el sistema de circulación fetal, también se propusieron numerosas teorías en torno a la nutrición del feto. Asimismo, muchas comunicaciones teratológicas publicadas en la Academia de las Ciencias durante las primeras décadas del siglo XVIII sirvieron para probar la imposibilidad de la superfetación, o para determinar cómo se producía la circulación entre la madre y el hijo, o para distinguir las diferentes partes de la placenta o el corion, etc. 
 
En defintiva, el monstruo no solo fue estudiado por lo que que era, sino que también fue estudiado con el fin de explicar lo normal. Se convirtió de esta manera, en la excepción que confirmaba la regla. 

Fuente:

Moscoso, Javier: "Monsters as Evidence: The Uses of the Abnormal Body During the Early Eighteenth Century" en Journal of the History of Biology, nº31, p.355-382. 1998.

30 de noviembre de 2013

La imaginación materna en el siglo XVIII. Malebranche y su teoría sobre las semejanzas.

Nicholas Malebranche

Ya he explicado en una entrada posterior como en el siglo XVIII se produce una re-evaluaión de la teoría imaginacionista en Inglaterra, y que concluyó con la disputa de Tuner y Blondel. También la Ilustración francesa vio nacer una doctrina de la imaginación maternal con implicación en todos los órdenes del espectro académico y social. Esta creencia se había popularizado a partir de 1670 a través de tratados populares de obstetricia y manuales de educación social tales como el anónimo Aristotle's Masteriece o el Tableau de l'amour conjugal de Nicolás Venette. Ambos dedicaron diversos capítulos a discutir la imaginación y sus efectos.

Al contrario de lo que ocurrió en Inglaterra, la recuperación de la teoría de la imaginación maternal en Francia no se debió al hecho de que fuera una explicación psicofísica del origen de la deformidad física, sino porque con ella era posible explicar la innegable semejanza que los hijos presentaban con respecto a sus padres. En este sentido, la imaginación maternal adquirió por primera vez un cierto carácter normativo y desligado parcialmente de la teratología. 

Una de las principales figuras en este enfoque de la teoría de la imaginación materna fue, sin duda, Nicholas Malebranche (1638-1715) quien, inspirado tal vez en algunos textos de Ambroise Paré, discutió los efectos de la imaginación maternal en el libro II de su Recherche de la vérité (1674-75). Para Malebranche la imaginación maternal podía explicar, por ejemplo, porqué una yegua no engendraba una ternera o porqué una gallina no podía poner un huevo que contuviera una perdiz. Para este autor, que usó como base la teoría pre-existencialista, el hecho de que los niños ya se encontraran formados por Dios, la imaginación resutaba inevitable para garantizar que éste tuviera algún parecido con la madre o para que fuera de su misma especie. De esta manera, Nicholas Malebranche fue uno de los primeros en ofrecer una formulación de la teoría de la pre-existencia embrionaria así como en explicar los fenómenos de similaridad y disimilaridad entre hijos y ancestros por medio de la imaginación maternal (al contrario que Blondel quien uso precisamente esta teoría para rechazar la teoría de la imaginación materna). El origen de la teoría de este autor se encontraba en la propia circulación de la sangre que era capaz de transportar la parte más sutil de la misma, convirtiéndose de esta manera en el vehículo de transmisión de todos nuestros sentimientos, pensamientos e ideas. La consaguineidad funcional, según el autor, garantizaba que las pasiones, los sentimientos y los pensamientos que se ocasionaban en el cuerpo fueran comunes a la madre y al niño.

El libro de Malebranche se reeditó repetidas veces durante el siglo XVIII y constituye el momento de formulación estricta de la doctrina de la imaginación maternal como una cláusula fija de la doctrina de la pre-existencia. La imaginación maternal permitía explicar las relaciones de parentesco, los fenómenos de hibridación y los nacimientos monstruosos sin tener que modificar una doctrina embriológica que sobrepasaba, con creces, los puntos de vista aristotélicos sobre la generación, el orden y la continuidad. No obstante, esta teoría presentaba ciertos problemas epistemológicos: En primer lugar, se explicaba el porqué pero no el cómo. En segundo lugar se reflexionó sobre el hecho de que si la influencia de la imaginación materna era algo que solo se producía en el ser humano o bien había que extenderlo a todos los seres vivos. Aceptar lo primero era aceptar que la naturaleza no actuaba según patrones regulares, y que la explicación de la monstruosidad humana no se aplicaba al conjunto de  la creación. Aceptar lo segundo consistía en admitir que no sólo los animales podían modificar el feto por el poder de su imaginación, sino también los vegetales. Lo que llevó a la creación o a la creencia en la una existencia de una gradación de las almas, en la que el alma del hombre sería un poco más excelente que la del animal. Y en tercer lugar está el problema de la paradoja, pues si bien estamos en un periodo en el que se negaba la existencia de los monstruos imaginarios, por otro lado se rescataba entre la cultura popular la creencia que apuntaba a la imaginación como causa inmediata de los monstruos verdaderos. O lo que es igual: al tiempo que se pretendía que los monstruos «falsos» eran producto de la imaginación, se insistía en que los «reales» eran también producto de una imaginación diferente. En un exceso de sofisticación teórica, los imaginacionistas tuvieron que explicar, a medida que la investigación anatómica se extendía a las malformaciones internas, qué objeto podría haber actuado sobre la imaginación de la madre para que el niño presentara una quinta cavidad ventricular, dos venas aortas o una doble matriz.

De las dificultades meramente epistemológicas que hemos citado más arriba no se siguió, sin embargo, que la doctrina de la imaginación maternal fuera universalmente repudiada. Parecía posible, por tanto, negar parte del razonamiento malebranchista sin tener que discutir el conjunto de sus presuposiciones. Algunos autores tales como Albrecht von Haller, quien había negado en rotundo la influencia de la imaginación materna, concedía que había niños que sufrían toda su vida de convulsiones porque su madre las había recibido durante su embarazo. Asimismo, la teoría imaginacionista se convirtió en una herramienta para defender la continuidad de  prexistencialismo defendiendo de que no solo el feto, sino además las ideas eran esencialmente "innatas", y no sólo eso sino que además la influencia de la imaginación manterna sirvió para resolver algunos problemas teológicos, por ejemplo, el de eximir a Dios de cualquier responsabilidad en la producción de monstruos (al ser el feto ya creado a imagen y semejanza de Dios, sin la teoría de la imaginación, era el propio Dios quien creaba al monstruo, con la teoría de la imaginación ya no era Dios quien lo creaba sino los accidentes producidos por la imaginación). 
Fuente:

Moscoso, Javier: “Los efectos de la imaginación: medicina, ciencia y sociedad en el siglo XVIII” en Asclepio, Vol. 53, Fasc 1, 2001, pp. 141-172. 

6 de noviembre de 2013

La imaginación materna en el siglo XVIII. La discusión entre Blodel y Turner.

Los monstruos con excesivo pelo (hirtusismo) siempre eran explicados como efectos del poder de la imaginación materna. Imagen extraída de la obra de Ambroise Paré, Monstruos y prodigios. 

La imaginación maternal, o la creencia según la cual la imaginación o los deseos de la madre pueden considerarse responsables de ciertas modificaciones o alteraciones del desarrollo natural del feto, no surgió ni mucho menos en la modernidad. Tanto Aristóteles como Hipócrates ya la habían mencionado para explicar las marcas de nacimiento —los antojos no satisfechos— así como las generaciones monstruosas. Fue también en esa vena de explicación patológica en la que la misma idea perduró durante toda la Edad Media y fue recogida en los grandes tratados teratológicos del Renacimiento hasta su abandono provisional por la élite científica en la llamada «Revolución embriológica» del siglo XVII. 

No obstante, durante el Medioevo y el Renacimientoñ la cuestión de la imaginación no fue más que una sucesión interminable de testimonios que, se fueron reflejando en tratados de historia civil o en compendios de filosofía o de historia natural. Desde las enciclopedias medievales hasta los grandes tratados teratológicos de los siglos XVI y XVII, la discusión de la imaginación material en la producción de rasgos aberrantes nunca adquirió un carácter sistemático, sino que se limitó a servir como explicación retrospectiva del nacimiento de algunos monstruos o de la producción de ciertas marcas de nacimiento. 

A principios del siglo XVIII, sin embargo, la imaginación se convirtió en una causa tan popular de los monstruos que otras causas como la divina o lo demoniaco habían empezado a desaparecer a medida que Europa se hacía laica, asimismo las otras explicaciones procedían de asunciones embriológicas de Galeno y Aristóteles que estaban cada vez más desacreditadas. La doctrina sobre la influencia prenatal estaba tan bien establecida a principios del siglo XVIII que casi había desechado las otras explicaciones y se había convertido en casi la única explicación para una amplia variedad de anomalías y malformaciones. Hay que entender esto como una tendencia y no como algo absoluto, algunos doctores y escritores médicos aceptaban otras explicaciones para las monstruosidades aunque en algunos casos la tendencia fue la de recurrir a la imaginación.

Uno de los mayores defensores de la teoría de la "influencia materna" fue Daniel Turner quien en 1714 publicó un libro titulado De morbis, donde recogía una serie de casos de seres monstruosos "creados" por efecto de la imaginación. Turner no discutió propiamente ni hechos ni causas, sino que se limitó a establecer conexiones entre diferentes tipos de testimonios. Turner no hablaba de las propiedades de la imaginación ni pretendió formular una teoría general que explicara las deformaciones o marcas de nacimiento. Su narración se limitó a dar cuenta de tales y cuales acontecimientos según testimonios diversos.

Y si bien Turner gozó de cierta popularidad, sucesos tales como lo de Mary Toft (recogido en este mismo blog en Abril de 2013) motivaron a un cuestionamiento sobre la verdadera eficacia de la "influencia materna". El mayor opositor a esta teoría fue James Blondel quien, a raíz del engaño de Mary, escribió The strengh of Imagination in Pregnant Women Examin’d (1727). En él, Blondel negaba el poder de la imaginación negando la existencia de la cadena de intermediarios que vinculaba a la madre con el feto. Para éste no había intercambio de fluidos, humores o espíritus entre la madre y el feto por lo que no había modo de que la imaginación de la madre pudiera ejercer tal poder sobre el feto. El porqué Blondel niega la teoría de la imaginación se entiende cuando vemos que la base de su argumento se encuentra en la teoría de la preexistencia (preformacionismo) que había sido formulado en el último cuarto del siglo  XVII y que en 1720 (fecha de publicación del libro de Blondel) se había convertido en la principal explicación de la reproducción.  Según esta teoría, el feto existía incluso antes de la fecundación  y existía como una miniatura, un ser pre delineado. Por lo tanto, el feto, al ya ser una entidad completamente formada antes de la fecundación, no había una creación de “novo” por los seres humanos. Todos los individuos habían sido ya creados al mismo tiempo. Esto implicaba, por tanto, que la influencia de la madre sobre el feto fuera imposible pues éste había sido creado años atrás.
 
Así pues, las ideas de Turner y Blondel chocaron en un intenso debate que tuvo lugar a principios del siglo XVIII en Inglaterra. En este se pusieron a prueba los diferentes argumentos tanto de uno como otro, para Blondel la lista de testimonios proporcionadas por Turner era totalmente insoportable, para éste, los argumentos proporcionados por Blondel no eran suficientes para probar la no-existencia de un fenómeno avalado por la autoridad y la experiencia. Finalmente en una caracterización ad hominem de la discusión, Blondel entendió que, a todos los efectos, Turner se comportaba, piensaba y razonaba como una mujer. Un insulto que hizo que el debate no se centrara únicamente en el carácter científico, sino que llegara a una cuestión personal por la que Turner tuvo que defenderse. Un debate que terminó, como suele decirse, en "tablas" pues ni uno ni otro fue capaz de renunciar a su razón.

Bibliografía:

Moscoso, Javier: “Los efectos de la imaginación: medicina, ciencia y sociedad en el siglo XVIII” en Asclepio, Vol. 53, Fasc 1, 2001, pp. 141-172. 

Todd, D: Imagining Monsters, miscreation of the self in eighteenth-century England, Chicago, University of Chicago Press, 1995.