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Los monstruos con excesivo pelo (hirtusismo) siempre eran explicados como efectos del poder de la imaginación materna. Imagen extraída de la obra de Ambroise Paré, Monstruos y prodigios. |
La imaginación maternal, o la creencia según la cual la
imaginación o los deseos de la madre pueden considerarse responsables de
ciertas modificaciones o alteraciones del desarrollo natural del feto, no
surgió ni mucho menos en la modernidad. Tanto Aristóteles como Hipócrates ya la
habían mencionado para explicar las marcas de nacimiento —los antojos no
satisfechos— así como las generaciones monstruosas. Fue también en esa vena de
explicación patológica en la que la misma idea perduró durante toda la Edad
Media y fue recogida en los grandes tratados teratológicos del Renacimiento
hasta su abandono provisional por la élite científica en la llamada «Revolución
embriológica» del siglo XVII.
No obstante, durante el Medioevo y el Renacimientoñ la
cuestión de la imaginación no fue más que una sucesión interminable de
testimonios que, se fueron reflejando en tratados de historia civil o en
compendios de filosofía o de historia natural. Desde las enciclopedias
medievales hasta los grandes tratados teratológicos de los siglos XVI y XVII,
la discusión de la imaginación material en la producción de rasgos aberrantes
nunca adquirió un carácter sistemático, sino que se limitó a servir como
explicación retrospectiva del nacimiento de algunos monstruos o de la
producción de ciertas marcas de nacimiento.
A principios del siglo XVIII, sin embargo, la imaginación
se convirtió en una causa tan popular de los monstruos que otras causas como la
divina o lo demoniaco habían empezado a desaparecer a medida que Europa se
hacía laica, asimismo las otras explicaciones procedían de asunciones
embriológicas de Galeno y Aristóteles que estaban cada vez más desacreditadas.
La doctrina sobre la influencia prenatal estaba tan bien establecida a principios
del siglo XVIII que casi había desechado las otras explicaciones y se había
convertido en casi la única explicación para una amplia variedad de anomalías y
malformaciones. Hay que entender esto como una tendencia y no como algo
absoluto, algunos doctores y escritores médicos aceptaban otras explicaciones
para las monstruosidades aunque en algunos casos la tendencia fue la de
recurrir a la imaginación.
Uno de los mayores defensores de la teoría de la
"influencia materna" fue Daniel Turner quien en 1714 publicó un libro
titulado De morbis, donde
recogía una serie de casos de seres monstruosos "creados" por efecto
de la imaginación. Turner no discutió propiamente ni hechos ni causas,
sino que se limitó a establecer conexiones entre diferentes tipos de testimonios.
Turner no hablaba de las propiedades de la imaginación ni pretendió formular
una teoría general que explicara las deformaciones o marcas de nacimiento. Su
narración se limitó a dar cuenta de tales y cuales acontecimientos según
testimonios diversos.
Y si bien Turner gozó de cierta popularidad, sucesos
tales como lo de Mary Toft (recogido en este mismo blog en Abril de 2013)
motivaron a un cuestionamiento sobre la verdadera eficacia de la
"influencia materna". El mayor opositor a esta teoría fue James
Blondel quien, a raíz del engaño de Mary, escribió The strengh of
Imagination in Pregnant Women Examin’d (1727).
En él, Blondel negaba el poder de la imaginación negando la existencia de
la cadena de intermediarios que vinculaba a la madre con el feto. Para éste no
había intercambio de fluidos, humores o espíritus entre la madre y el feto por
lo que no había modo de que la imaginación de la madre pudiera ejercer tal
poder sobre el feto. El porqué Blondel niega la teoría de la imaginación
se entiende cuando vemos que la base de su argumento se encuentra en la teoría
de la preexistencia (preformacionismo) que había sido formulado en el último
cuarto del siglo XVII y que en 1720 (fecha de publicación del libro de
Blondel) se había convertido en la principal explicación de la
reproducción. Según esta teoría, el feto existía incluso antes de la
fecundación y existía como una miniatura, un ser pre delineado. Por lo
tanto, el feto, al ya ser una entidad completamente formada antes de la
fecundación, no había una creación de “novo” por los seres humanos. Todos los
individuos habían sido ya creados al mismo tiempo. Esto implicaba, por tanto,
que la influencia de la madre sobre el feto fuera imposible pues éste había
sido creado años atrás.
Así pues, las ideas de Turner y Blondel chocaron en un
intenso debate que tuvo lugar a principios del siglo XVIII en Inglaterra. En
este se pusieron a prueba los diferentes argumentos tanto de uno como otro,
para Blondel la lista de testimonios proporcionadas por Turner era totalmente
insoportable, para éste, los argumentos proporcionados por Blondel no eran
suficientes para probar la no-existencia de un fenómeno avalado por la
autoridad y la experiencia. Finalmente en una caracterización ad hominem
de la discusión, Blondel entendió que, a todos los efectos, Turner se
comportaba, piensaba y razonaba como una mujer. Un insulto que hizo que el
debate no se centrara únicamente en el carácter científico, sino que llegara a
una cuestión personal por la que Turner tuvo que defenderse. Un debate que
terminó, como suele decirse, en "tablas" pues ni uno ni otro fue
capaz de renunciar a su razón.
Bibliografía:
Moscoso, Javier: “Los
efectos de la imaginación: medicina, ciencia y sociedad en el siglo XVIII” en Asclepio, Vol. 53, Fasc 1, 2001, pp.
141-172.
Todd, D: Imagining
Monsters, miscreation of the self in eighteenth-century England, Chicago, University of Chicago
Press, 1995.
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